-“Ya me contarás algún día quién te robó a ti el corazón…”

Cierro los ojos y siento el alivio que proporciona la oscuridad a los niños pequeños cuando al cerrarlos desaparecen del mundo. ¡No estoy! ¡No voy a responder!

Sonrío. Más por la inercia de ponerme una máscara que por felicidad o bienestar. En realidad estoy, como diría Marcellus en Pulp Fiction, a mil jodidas millas de estar bien. O al equivalente en milímetros de la distancia que separa tu cuerpo del mío.

Pienso a gritos en Tu nombre aunque para el mundo exterior apenas emito un suspiro. Abro los ojos. Recuerdo el insomnio atroz que me empuja de madrugada a escapar de casa para ver amanecer. El mar y mi voz invocándote entre la bruma que acaricia los escollos.

– “… porque a veces tú también destilas tristeza y melancolía…” -escucho al otro lado del auricular.

Hace rato que no presto atención a esta llamada. Te pienso. Tú y sólo Tú teniendo las respuestas a preguntas que ni sabía ser capaz de formular. Tú riendo. Tú al teléfono. Tu cepillo de dientes junto al mío. Tu ropa interior siempre negra. Tú. Tus cartas. Tu letra. Tú.

“A mi el corazón me lo robaron hace tiempo” -me sorprende oír mi voz pronunciando esas palabras pero aparento calma y observo la foto que he hecho para ti esta mañana.

Hacia frío y gritar tu nombre hasta que se me han saltado las lágrimas ha evitado que nadie se acercara a mi. Mira esa loca, habrán pensado los pocos seres humanos que estaban en la playa a esa hora. Tu nombre como talismán ante posibles asaltantes. Tu nombre como conjuro, estandarte y plegaria.

– “¿Me oyes?¿Hola?”

Cuelgo el teléfono sabiendo que tengo unos segundos para apagarlo antes de recibir la llamada. Ya me excusaré, hoy en día las baterías no duran nada. Atardezco mientras el móvil se queda sin luz y me invade una sola certeza: todo lo que ha habido antes, durante y después de Ti han sido sólo notas a pie de página.

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