Estudió escrupulosamente las palabras que acompañarían aquella fotografía de un cielo abriéndose, de nubes que se desvanecían, de contraluces salvajes y pájaros de mal agüero que debían emprender el vuelo. Serían adverbios. Los enumeró recreándose en cada uno de ellos: delante, atrás, adonde, ahí, aquí, allí, allá, arriba, cerca, delante, detrás, donde, encima, lejos, antes, después, luego, pronto, tarde, temprano, todavía, aún, ya, ayer, hoy, mañana, siempre, nunca, jamás, próximamente, prontamente, anoche, enseguida, ahora, mientras, anteriormente, bien, mal, regular, despacio, deprisa, así, tal, como, aprisa, adrede, peor, mejor, fielmente, lealmente, estupendamente, fácilmente, negativamente, responsablemente, nunca, sí, también, cierto, efectivamente, claro, exacto, obvio, verdaderamente, aún, inclusive, además, únicamente, incluso, mismamente, propiamente, precisamente, concretamente, viceversa, contrariamente, siquiera… después de teclearlas las borró (una a una) y pensó con una sonrisa lobuna que la única palabra que podría definir lo que pensaba y sentía era esta: Todo.

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