Siento una especial debilidad por Calogero.  Es uno de esos tipos cuya biografía nadie leerá en ningún libro y que yo he ido conociendo a lo largo de los años. Nunca lo tuvo fácil empezando cuando le tocó servir en el ejército siendo casi un chaval. Evita siempre hablar de la Guerra y tampoco le oirás lamentarse de la colección de sueños descartados que ha ido acumulando. Curiosamente, ha llevado esas renuncias con la dosis justa de amargura soportable para no perder jamás su sonrisa de medio lado. Aceptó que aquella herida en el campo de batalla no le permitiría escuchar en su casa el sonido de la risa de sus hijos. Que su ternura, su sensibilidad, su sabiduría sin escuela transmitida generación tras generación acabarían en él. Lo suplió convirtiéndose en “u ziu Calò” para los niños del barrio.

Algunos de ellos tienen ahora sus propios hijos para los que nunca falta un caramelo en los bolsillos de la chaqueta de Calogero. Su vecina me contó que ni siquiera perdió el brillo bondadoso en la mirada cuando le tocó encajar su viudez. Lo imagino aferrándose a los recuerdos de media vida compartida con su mujer Rosalía. De Ella sí que habla, con veneración absoluta. Porque ella le aceptó tal y como era. Sin juzgarle, sin pedirle explicaciones por lo que no podría darle sino siempre ilusionada por lo que podían compartir juntos. Más de una vez me ha dicho que es un hombre afortunado porque ha tenido la suerte de conocer el cielo en la tierra cada vez que veía a su mujer dormir a su lado. Y que ojalá yo tenga la misma suerte, picciotteddra mia. Me hace sonreír que aún me llame así a mis cuarenta.

En mis últimas visitas ha crecido su sordera. Creo que disfruta de ella porque le permite continuar en su mundo. Me comentó una vez compartiendo cigarrillos que el mundo es un sitio más feo desde que ella no está, que el sonido se ha convertido en ruido. Siempre que vuelvo a Palermo temo que ya no estará para contarme sus historias e invitarme a sus cigarrillos de picadura sentados en un banco. Sin embargo ahí me esperaba en nuestro habitual punto de encuentro. Mi Calogero tiene aún la valentía de los verdaderos héroes: la de seguir soñando.

error: Alerta: Contenido protegido. Si necesita algún texto o fotografía contacte con www.emiliagalindo.com