Nuestra Caperucita Roja de sonrisa lobuna tiene claras las ideas y así (y de ninguna otra forma) camina. Esta mujer escarlata no ha extraviado ningún zapato, es más: los sabe llevar con dignidad, lealmente, por muy afilados que sean los tacones o muy pedregosos que sean los caminos sudados de tristezas. No siente otra presión que la de su sangre encarnada latiendo al ritmo que fluye, libre, serena, equilibrada, generosa, curvilínea.
– “¿De qué color es tu sangre?” – le preguntó una noche en los sótanos del Archivo de la Memoria el Jardinero de los Árboles de Plástico. Ella miró a sus ojos y le respondió sin titubear: “hazte un corte y respóndeme”.

Ella es colorada como el rubor de sus mejillas cuando recuerda Amarcord y se siente Gradisca por un minuto. Escucho sus pasos de Ser Humano Mayúsculo, que entiende, que se sabe observada, libra batallas y esconde secretos valiosos como rubíes. Bermeja e indescifrable, tal vez sea Ella o tal vez sea Él. Importando bien poco donde está el límite entre uno y otra. Caracol bermellón, perdido en la ciudad, pegada a un teléfono que le lleve lejos, donde el azul toca el azul, que como todos saben es el punto cauterizador donde despojarse de las tristezas y empezar una nueva etapa mientras se siembran recuerdos luminosos para futuras generaciones.

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