Cuando salió del baño le dijo con voz suave que tenía el corazón sediento. Ella pasó la jornada sonriendo en el trabajo al pensar en aquella frase. Mariposas en el estómago y palpitaciones en los países bajos. Él, siempre tan pragmático, tan poco dado a las zalamerías diciéndole eso. Se imaginó el reencuentro: ella besándole, dándole sus labios para que bebiese de ellos, un cuarteto de cuerda zíngaro poniendo banda sonora a un torrente de palabras dulces, velas en la habitación y sexo apasionado. Compró fresas, un tanga nuevo, se hizo la depilación y calculó su ciclo ovulatorio. Le pareció excesivo comprar un libro de nombres para bebés. Paso a paso, se dijo. Su éxtasis hiperglucémico se desvaneció con la cruda realidad. Al volver esa tarde a casa se lo encontró sentado en el portal. A su lado el corazón de su príncipe azul abrevaba tranquilamente…

Y el encanto de la calabaza se esfumaba del todo al oír, con su clásico tono pragmático y resignado:
-“No me mires así, ya te lo había dicho esta mañana… Ah, veo que has ido al súper ¿Has comprado agua?¿qué cenamos?”
-” Fresas con tanga” -gruñó Ella.

Él la observó y movió la cabeza mientras pensaba en el insondable misterio que es la mente de las mujeres y la sencillez del corazón zahorí de los hombres.

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