“No hagas mal uso del nombre del Señor tu Dios, pues el Señor no dejará sin castigo al que use mal su nombre” (Éxodo 20.7).

El Sanedrín de los Amoxicilianos Clavulánicos se reunió para estudiar qué castigo debía merecer aquella pintada en la pared. Sin embargo llegó a la conclusión que era un comentario irónico y que la verdadera pena debía aplicarse a aquel que abanderando precisamente una falsa interpretación religiosa hundía a una sociedad en la oscuridad de la falta de libertad, de compasión. El Delegado del Gobierno tartamudo se dirigió al pueblo y anunció misterioso: “ca ca ca ca ca ca ca ca”. Los Paracetamólicos impacientes rugieron unánimes “cabrón, sí, sí, es un cabrón”… mientras un grupo de Iboprufrénicos Burgueses murmuraban “calma, calma, sí, sí,” y los Acetilsalicílicos apostaban ácidos por interpretar “castigo divino, sí, castigo castigo”. El político observó sonriente la reacción de sus oyentes, sintió cierta lástima (que no vergüenza) porque en realidad quería café y un donut… pero reafirmó su máxima que no hay nada mejor para el poder en este país que dejar que un inútil diga un mensaje a medias como cortina de humo para que lo interpreten de la forma más visceral y el debate se diluya en la efervescencia mientras de fondo la maquinaria nunca se detiene.

error: Alerta: Contenido protegido. Si necesita algún texto o fotografía contacte con www.emiliagalindo.com