Éste era el lugar favorito de mi abuelo Ramonet, que fue el primer miembro de nuestra familia al que llamaron Sardineta. Siempre me contaba que su destino no podía ser otro que despachar pescado tras aquel mostrador de mármol. Había venido al mundo en aquella parada, contaba mi madre (fiel a la versión oficial) que cuando la bisabuela había roto aguas estaba pesando en la romana una libra de sardinas y que de ahí le venía el apodo a Ramonet. Y por extensión a la familia.

Sin embargo, las crónicas de las verduleras decían que lo de Sardineta tenía otro orígen. Uno en el que los protagonistas eran Ramonet el pescadero y la Cinteta, que vendía huevos. Desde el puesto de cada uno pasaban el día mirándose y sonriéndose no tan discretamente como sus estados civiles y la moral de la época marcaban. Porque la Cinteta no era mi abuela.

Cuando le preguntaba al yayo Ramonet me decía que “eran otros tiempos” y salíamos pasear mientras contaba cómo se encontraban cada mediodía después de comer en el viejo callejón. Él la esperaba sentado en los escalones, como hago yo ahora, sin importarle que el suelo estuviese mojado. Y cuando la veía llegar se levantaba para poder ver aquel escote bamboleándose desde unos escalones de altura. “Aún puedo ver aquella flanera andante”. Cuando llegaba a su altura caminaban juntos unos minutos. Nunca se tocaban para no dar qué hablar, pero así se empezaron a susurrar los primeros si “yo pudiera” y los “si no estuvieramos”.

Con los años el ardor fue creciendo. El yayo sabía que nada es más erótico que la palabra. La dicha, la obviada y la escuchada. Así que uno de esos mediodías, presos de un arrebato lúbrico decidieron dar rienda suelta a su doble adulterio.  A falta de otro lugar les pareció adecuado arremangarse lo justo y hacerlo entre las cajas de los trajinantes del mercado. Quiso el destino que a esa hora y por ese lugar pasara el marido de Cinteta. Ella tuvo tiempo de salir corriendo pero mi abuelo sólo pudo agarrar una caja de sardinas para cubrirse, con tal fortuna que sus vergüenzas reposaron sobre los pescados.

Y así, con la chorra del abuelo entre sardinas mirando fijamente al cornudo del huevero, nació nuestra leyenda.

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