Durante 11 años (y al menos dos veces al día) esperaba el autobús para ir al trabajo frente a este tornillo incrustado en el asfalto. Lo descubrí por azar y se convirtió en una rutina plantarme frente a él (en cualquier estación del año y condición atmosférica) y fantasear unos minutos con posibles historias que me hablasen de cómo había ido a parar allí (tornillo y yo). A veces eran historias que acaban en una sonrisa, otras en lágrimas imposibles.

Microrrelatos variables que duraban el tiempo de espera. Era una referencia secreta y sin sentido, pero que de una forma u otra me mantenía mentalmente despierta (o en otra dimensión) antes de incorporarme a un mundo sepia. Acabo de volver a colocarme frente a él y una nostalgia absurda e inanimada me ha hecho sacar el móvil y disparar, como quien fotografía a un viejo conocido al que hace tiempo que no ve.

Siempre he sospechado que me falta un tornillo, pero me sobran historias sobre este en particular

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