Hazme un favor. Mañana sal a la calle. Juega conmigo a algo. No te costará mucho y es más entretenido que el candy crush.
Créeme, lo sé por experiencia. No hay reglas que debas aprender para este juego. Basta con que hagas tu vida cotidiana.
Observa a tu alrededor pero sobretodo siente. Está en todas partes y lo mejor es que está a tu alcance. Contempla cuánta belleza serena y silenciosa pasa a diario ante tus ojos. Disfruta de la geometría del paisaje que te rodea, del baile de la sombra con la luz, del ritmo que marca el engranaje de los automatismos que te rodean.

¿Qué compás marcan los semáforos? ¿Quién afina los claxon? ¿Porqué cuando te rompen el corazón suena como cuando das un portazo en un coche?

Imagina las historias que emanan las personas con las que te cruzas a diario y a las que, seguramente, jamás volverás a ver. Haz una foto a uno de esos momentos, no importa a cuál pero hazlo con respeto hacia ti mismo. Hay belleza en la tristeza y en la alegría. En la soledad y en la complicidad. En cualquier caso sonríe cuando hagas la foto. Y procura que te vean hacerlo aunque piensen que estás loco por ir sonriendo solo por la calle. Tal vez esa sonrisa tuya haga que otra persona sonría también y a su vez otra haya sonreído al verla.

No te aseguro que nada de todo esto consiga que mañana sea más sencillo subir las escaleras, ni que evites que el tanga se te meta por donde no debe y cuando no debe. La vida es como es y mucho más en febrero que, por ser más un mes más corto, viene todo más concentrado. Lo bueno y lo malo. Por eso cualquier momento es bueno para disfrutar de la épica de lo cotidiano.

Y luego atesorarlo con orgullo: yo estuve ahí, yo vi eso, yo sentí eso, yo le gané un instante hermoso a la anestesia de la rutina.

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