Ahí estaban, juntos, al fin, pegados el uno a la otra. Poco importaba ya qué rocambolescas situaciones habían hecho coincidir sus caminos una vez más. Se vieron. Se reconocieron y sonrieron como si acabarán de aprender a hacerlo y no supieran parar. Ella no le preguntó porqué no la había llamado, al final se habían encontrado en la sección de objetos perdidos del metro. Ella había perdido su paraguas, Él le dijo que su Esperanza. En los años venideros Él no le recriminó nada sobre su número inexistente, como desde aquel día tampoco le preguntaría porqué cuando le decía tartamudeando “mira a la derecha” ella miraba hacia la izquierda. Descubrieron tarde que además compartían otra peculiaridad común al margen de quererse… Fue el día en que tuvieron que desactivar una bomba y eligieron el cable rojo. Su daltonismo compartido les llevó a la mayor explosión de luz posible: la de estar juntos.

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