El tiempo y sus velocidades. Hay fechas que anotas en tu agenda a trazos, casi a dentelladas. Son como fotografías movidas que vas a borrar pero definen otra jornada hecha a pinceladas rápidas y nerviosas… Lo que debería ser y lo que es. Nostalgias y partidas de ping pong. Días que tienen más de 24 horas (38 por ejemplo). Y no son precisamente los que estás bien y con la gente que quieres. Esos duran un soplo. Como si los relojes tuviesen prisa por volver a marcar la dictadura de los tiempos oscuros y convertir la felicidad en una meta y no en un camino. Entre sinapsis alteradas por el insomnio mis dos neuronas y dos herpes (gentileza del estrés laboral) hablan entre ellas de Ética y Estética. Recuerdan la conversación que han oído involuntariamente en el bus esta mañana y que olía a enfermedad, muerte y despedida. Se distraen inútilmente buscando el significado que tiene haber tardado 38 años en descubrir que tengo pecas en los labios, y recuerdan aquella primera vez. O mejor, aquella sucesión de primeras veces… Cuando no se es consciente de estar viviéndolas pero quedan grabadas para siempre en ese rincón de la memoria donde no existe ni el tiempo ni la distancia. Donde los árboles, un semáforo y el Cielo son aparentemente sólo líneas, pero nunca error en el disparo de la cámara… Porque contienen en sí mismas tanta verdad y belleza como quieras darle.

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