-“¿Dónde vas tú tan solita caperucita en esta noche tan oscurita con la cestita tan cargadita?”.

Ella le miró fijamente. Quién habría sido el gilipollas que, encontrando al único lobo con la capacidad de hablar en todo el planeta, había decidido enseñarle a decir todo en diminutivo. Aunque, pensó, tal vez es iniciativa suya hablarme así. Igual se cree que soy aún una niña y no sabe que hace años que me afeito las piernas y que tengo más muescas en la cartuchera que pelos tiene el lobo en su cuerpo.

Dudó si decirle la parte del guión que esperaba que le dijera, aquello de que iba a casa de su abuelita que está muy malita. Porque si, la abuela era diabética y se ponía tibia de insulina pero bien que le daba unos euros para que le llevase polvorones y mantecados a escondidas de todos. El lobo seguía alli con sonrisa de pánfilo esperando su respuesta. Por un momento pensó en decirle la verdad: vengo de donde no deberia ir, de estar con quien no puedo ser vista a la luz del día, de sentirme entre sus brazos la princesa del cuento sabiendo que a medianoche se romperá el hechizo. Vengo con el corazón encogido, con la misma angustiosa soledad que han sentido todas las amantes de la historia desde que el mundo es mundo. Le acarició el lomo y reemprendiendo su camino callejón arriba le susurró: “hoy no, lobo, hoy no.”

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