Cuenta el maestro Camilleri que hasta 1943, durante la noche que va entre el uno y el dos de noviembre cada casa de Sicilia donde había un niño pequeño se llenaba de muertos.

No eran fantasmas de sábanas blancas y cadenas como los que vemos Haloweeneando, sino que eran los que estaban en las fotos que decoraban las salas de estar de las casas: los familiares que ya no estaban. Así, los pequeños de la casa, antes de ir a acostarse, colocaban debajo de la cama de una cesta de mimbre (el tamaño variaba según el dinero que había en la familia) que esa noche los seres queridos muertos llenarían de dulces y regalos que los niños encontrarían al despertar la mañana siguiente.

Los niños se iban a dormir inquietos como la noche de Reyes pero más cercana, porque eran sus muertos los que iban a acercarse sigilosamente a la cama, darles una caricia y recoger la cesta. Al día siguiente (aquellos muertos querían jugar un poco con sus niños) la cesta no estaba donde la habían dejado, sino escondida en algún lugar de la casa. Y después de jugar un rato la encontraban, tal vez dentro de un armario o detrás de una puerta, descubrían la cesta desbordante, con dulces y juguetes.

Cuenta Andrea Camilleri que a los 8 años su abuelo Giuseppe, después de escuchar sus oraciones, le había traído desde el más allá el legendario Meccano que tan feliz le hizo hasta el punto que hasta le subió la fiebre de la emoción. La tradición era ir la mañana del día dos, peinados y bien arreglados, con el resto de la familia al cementerio para dar las gracias a los muertos. Para los pequeños era una fiesta incluso luego se reencontraban con sus amigos y compañeros de clase y preguntarse “¿qué te han traído este año los muertos?.

Me parece una aproximación a la muerte deliciosa. Entrañable. Festiva. Que alarga ese hilo que une a los que queremos y se han ido con las nuevas generaciones siendo nosotros los intermediarios. Y que permite que sigan vivos mientras les recordemos.

Va por vosotros

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