De las tres comadres la risa más escandalosa es la de Dolores, que hoy celebra su cumpleaños. Han comido y bebido toda la tarde. En realidad más que celebrar han querido anestesiar la fecha fundacional de su siniestra camaradería. Aquella tarde que las unió para siempre cuando esperaban en la puerta del colegio el regreso de sus hijos.

Qué jóvenes eran cuando se conocieron, qué lejos quedan la infinidad de festivales infantiles compartidos, las charlas esperando en la salida del colegio y, por supuesto, todos aquellos años acompañando al equipo de fútbol escolar en los desplazamientos. Menos aquel sábado en que, para celebrar el cumpleaños de Lola, habían rehusado acompañar a sus maridos y sus niños en un nuevo tedioso viaje. Aquel sería un día sólo para chicas.

Lo planearon con ilusión: irían a un restaurante en la playa y se sentirían libres, aventureras y femeninas. Bebieron y rieron, coquetearon con los camareros y, cuando estaban suficientemente piripis, criticaron los defectos de sus maridos, la dictadura de sus vidas rutinarias como madres. Volver a ser solteras: cuántas cosas se estaban perdiendo sabiendo lo que sabían ahora. Rieron, aunque no como lo están haciendo hoy en el estrecho callejón.

Aquel sábado lejano continuaron riendo en la puerta de la escuela y no dejaron de hacerlo mientras esperaban la  llegada del bus y bromeaban sobre a quién de ellas se le escaparía el pis antes. Rieron aguardando un regreso que nunca se produjo, ajenas a que la vida de sus hijos y sus maridos se había quedado en un amasijo de hierros y sangre en un paso a nivel sin barrera. Reían porque entonces no sabían que la libertad con la que habían fabulado iba a ser su cadena perpetua.

Hoy ríen mientras fuman, desdentadas, con el carmín y el rimmel barato. El bote de un balón de fútbol les hace enmudecer como sólo consiguen hacerlo los fantasmas. La pelota ha llegado de la nada desde el otro extremo del callejón y se dirige directamente a ellas. La falda verde de Marta se oscurece mientras lentamente su orina empapa los tacones de las tres dejando un charco que, en unos minutos, alguien creerá que es de perro y culpará (como siempre) al ayuntamiento

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