Era un romántico: se había enamorado una única vez y no había estado con otro felino que no fuese ella.

Le habían advertido: “esta acabará contigo”.

Pero a él nunca le importó que roncase y que ella lo justificara con un “no ronco, ronroneo muy fuerte”, ni que su legendaria aerofagia les hubiese costado más de una amistad en el vecindario: “amorcito, mejor perder un amigo que una tripa”; tampoco que fuese merengue o que maullase mal de su madre. Ni que no fuese una pantera bengalí fuera del periodo de celo.

– “Así es mi gatita y la querré siempre, mientras viva. Antes me mato que dejarla” – se decía con frecuencia. No podía imaginar que haber elegido aquella pareja y ser un gato de palabra y con principios le costaría la vida.

Lo supo de inmediato al encontrar sobre la mesilla dos entradas para el concierto de Alejandro Sanz con una nota: “cari, son dos entradas backstage que he ganado en un concurso en la Radio!!! Me relamo los bigotes!!!”.

Pensó en cuantas veces ella habría canturreado mentalmente alguna infame canción de aquel tipejo mientras estaban juntos y notó cómo se desvanecían todas sus futuras erecciones.

– “Antes me mato que dejarla” – sintió cómo resonaba en su cabeza.

Subió a la azotea con dignidad y saltó, sabedor que lo de las 7 vidas de un gato era una leyenda urbana, y maldiciendo al ser consciente que el último pensamiento de su vida antes de partirse el espinazo contra el muro era que su muerte le dejaría “el corazón partío” a su gatita.

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