Cuando una idea me viene a la cabeza, una imagen, una palabra, un sentimiento, una emoción, cualquier cosa… siento un cosquilleo. Me pasa desde que tengo uso de razón. Si hago caso de ese escozor lo que pasa cuando cojo el bolígrafo o me pongo delante del teclado es natural. Simplemente escribo y me doy cuenta de lo que he escrito una vez que lo he hecho. Mientras tanto, es como si una parte de mí tomara las riendas. Me releo sólo al final e intento no corregirme mientras lo hago. Si el resultado es hermoso o conmovedor es otra cosa. Es una apreciación de quien lo lee. Como quien escucha una historia u observa una fotografía. ¿Podría ser mejor, podría ser perfecto?… Si buscase eso jamás me concedería el lujo de dejar ir de mis manos ni una sola palabra. ¿Acaso serías mejor si tu sonrisa fuese perfectamente simétrica? La belleza no radica siempre en la perfección; en un texto al menos en los míos, casi se alcanza más en la imperfección. En la anarquía poliédrica que significa que cada palabra está en su sitio porque, por una razón u otra, me ha salido naturalmente ponerla en ese lugar preciso. Al fin y al cabo siempre seré yo la dueña de ese texto. Por eso me gusta robar historias invisibles. Darles matices insospechados, orientar, sugerir, abrir opciones. Entregar en algo que es mío un abanico de posibilidades. Abrir la ventana a un atardecer de mi vida y sin embargo al escribir lo que viene a continuación evocar en quien me lee el cartel de Apocalypse Now. Alejarle de la intimidad de la azotea de mi infancia y llevarle a ese otro sol anaranjado vietnamita mucho más lejano, más turbio, más infernal que el de esta tarde mediterránea de silencios veraniegos. Citar al Coronel Kurtz diciendo aquello de “¿Ha pensado alguna vez en auténticas libertades? ¿Ser libre de la opinión de otros? Incluso de la propia opinión” y que con esa colección de palabras alguien esté recreando la imagen de un Marlon Brando sanguinario y no el de una mujer meditabunda junto a unas sábanas recién tendidas. Conducir en esta historia a Tertuliano Máximo Alfonso y provocar una sonrisa en quienes sepan que es un personaje de Saramago y una mueca de menuda pedante en quien no tenga ni idea de quién es el hombre tarantulizado. Ordenar palabras. Recrearlas. Escribir. Sentir. Compartir. Provocar que quien haya leído esto sea consciente, por unos segundos, de la capacidad de las palabras para transportarte, conducirte de un lado a otro, de un recuerdo a otro, de una emoción a otra. Obviedades, seguramente, como la mayor de todas y que sólo Tú y yo conocemos.

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