Es curioso que aún baje la mirada cuando pienso en ti, como si el deseo de ser madre fuese algo de lo que avergonzarse. Siempre soy discreta, principalmente por él, aunque también para preservar esa intimidad con la que velo los sueños que he perdido. Creo que con los años he conseguido que él no me note este vacío en las entrañas, a estas alturas de nuestro matrimonio tengo una habilidad especial para evadirme sin rencores y sin que se de cuenta.

Recuerdo la última vez que hablamos sobre ello, fue después de las enésimas pruebas médicas que nos confirmaron como sanos y aptos para procrear. Mientras me abrazaba en la cama me dijo que le agotaba escucharme hablar monotemáticamente sobre los hijos que no estábamos teniendo. “Monotema” se convirtió desde ese momento en mi palabra secreta. En mi amplio abanico de emociones que le excluían, en las incontables horas que pasé leyendo clandestinamente sobre adopción. Monotema han sido las miradas que se me escapaban allá donde me encontraba una familia multiétnica. Monotema son los miedos, las emociones, las esperanzas, las dudas. Monotema es el despertar aún de madrugada sintiendo que te he fallado, que en algún rincón del mundo vivías y nos necesitabas. Monotema ha sido y es, sobretodo, amor. Quererte. Evangelio. Más ley que la de gravitación universal. Sentir que todo lo que soy y he sido estaba hecho para la mayor responsabilidad -y privilegio- imaginable: ser tu madre. Amarte. Cuidarte. Respetarte. Acompañarte. Quererte. Estimarte. Ayudarte. Educarte.

Te quiero de una forma tan extraña como hermosa. Ese amor que me ha desbordado toda vida en la peor soledad posible: la de estar acompañada. No, no le culpo. De los dos yo soy la romántica y él ha sido el pragmático. A veces su falta de diplomacia ha sido demoledora aunque también un necesario empujón hacia la supervivencia. Yo veía gigantes, él molinos. Yo veía la ausencia de tu reflejo a la salida del colegio con tus botas de agua dando saltitos sobre espejos de agua. Él sólo sigue viendo charcos y me avisa con un leve apretón en el brazo para que los esquive y no me manche los zapatos. O para evitar que me hunda en quimeras líquidas. Quién sabe.

error: Alerta: Contenido protegido. Si necesita algún texto o fotografía contacte con www.emiliagalindo.com