Siempre que he venido a Noruega he vivido la misma experiencia durante mis primeros días. Supongo que de alguna forma mi cerebro sufre algún tipo de crisis al escuchar un idioma tan diferente y se vuelve loco intentando transformar el sonido que entra por mi oídos en señales conocidas y con significado. Sí, suena raro a nivel teórico pero con algunos ejemplos seguro que me explico mejor.

Cafetería en la Calle Stortorget 2, en Tromso. Después de pedir tímidamente un capuccino al camarero noruego me siento a tomarlo mientras observo a un grupo de personas que entran. Saludan al muchacho y entablan una conversación cuando de pronto, claramente, una de ellas le dice a otra:
– “Ole mi arma”
Y la otra le confirma un “ole mi arma” que ni en Triana lo dicen con tanto arte.

Y claro, sé que no es posible.

Que no hay ninguna cámara oculta que esté grabándome. Así que me río mientras espero que los obreros que acaban de entrar digan algo que mi cerebro codifique fonéticamente como castellano, catalán o italiano.
Porque en mis viajes a Noruega no han faltado las amigas que se encuentran y (según mi cabeza) se dicen “batúa l’olla” o los ancianos que le dicen a su nieto “quando finisce t’amazzo”. Doy fe que ni las chicas de Trondheim eran “pubillas de casa bona” ni los abueletes amenazaban de muerte a su rubicundo niño.

El cerebro, al menos el mío, se divierte y me divierte. A algunas personas les basta eso, un poco de sol y una cerveza.

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