Siempre pensé que algún día iba a tener un hijo o una hija. Aunque la realidad y mis propias decisiones lleven años empujándome en dirección contraria, siempre lo creí. De esa forma esotérica, íntima e incomprensible que sólo nos nace para creer en algunas cosas inconfesables.

Hoy he prendido fuego a las cartas que llevo años escribiéndote y que nunca vas a leer. Podría haberles regalado un último instante de complicidad y releerlas, pero hubiese sido un acto de crueldad recrearme en esas ilusiones perdidas. No me he atrevido a abrirlas y enfrentarme a mi caligrafía temblorosa y emocionada. Simplemente las he bañado en alcohol y han ardido con una llama azul mientras me decía (y te decía) que pese a todo no pienso renunciar a soñarte.

A soñar con tus pasos corriendo por el pasillo, que te explico cuentos que voy inventando sólo para ti mientras dibujo caricias en la piel de tu espalda. Que veo cómo señalas con tus dedos diminutos las estrellas y esos paisajes de los que te hablo y que están tan lejos como tu imaginación sea capaz de situarlos. Seguiré cantándote en el baño y disfrutando viéndote reír. Porque si para algo debería servir mi sentido del humor es para eso, para arroparte en las fiebres de este mundo.

Es verdad, no te explicaré las cosas que sé; ni buscaremos respuestas en bibliotecas y lugares fascinantes cuando no sepa qué decirte. No habrá cines, teatros ni conciertos. Tampoco excursiones a librerías infinitas ni paseos erráticos que siempre nos lleven al mar. No viajaré contigo. Ni cogeremos aviones, coches o barcos. No te enseñaré a capturar la luz (con y especialmente sin cámara) antes que la ceguera se cebe en mis ojos. No reconoceré tu aroma entre cualquier otro cuando eso suceda. Ni te podré apoyar en todos esos sueños que se te acumulen debajo de la almohada.

Tirar la toalla, a veces, es cosa de valientes. No imaginas el coraje que se necesita para prender fuego a esas palabras que desde hoy, como Tú, sólo arden en mi interior.

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