Saltar. Abajo queda tu sombra, nítida, parte de ti. Arriba flota el vértigo de sentir por un momento que vuelas. Y debes. Y volverás a hacerlo. Aunque te caigas. Acumulando cicatrices de cada porrazo, con el miedo del portero al penalty haciéndote temblar las piernas. O tal vez precisamente de eso se trata.

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