Qué inadvertida pasa la ceguera de los pasos incapaces de descubrir pequeñas obras de arte urbano, modestas poesías gráficas que van del trazo al color, piramidales y efímeras. A nadie le ponen a vender cupones en un kiosco si no es capaz de ver las historias que se esconden a ras de suelo una mañana de barrio, camufladas como restos de basura, cromos infantiles o fragmentos de cartas de amor que intentaron huir de la bolsa en su destino al container del papel y acabaron esparcidas. Deberían alertar de esa pandemia de invidentes en las noticias, igual que lo nocivo que es el Chopped de pavo o los libros de Coelho. La gente tiene prisa por buscar, al dictado de las normas establecidas por el calendario, la belleza, el amor, el atrezzo de la biblioteca hecho marketing y envuelto para regalo… Justo en eso pensaba la camarera de la prótesis de corazón al fugarse aquella mañana del Hospital para ir al trabajo. Tenía la esperanza de ver a su princesa azul apoyando el casco de la moto al sentarse en su mesa habitual, sonriéndole como sólo hacen las hechiceras que tienen constelaciones dibujadas en la piel, lunar a lunar. Pero su amnesia de Prometeo le hace volver cada día, ignorando que nunca volveria a verla pidiendo con sonrisa picarona su plato de carne cruda sin rúcula porque se quedó en una cuneta el mismo día que ella perdió su corazón

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