Era una tradición local sacarse la chorra, asomarla a la barandilla y mearse desde la altura del mirador del pueblo sobre las flores del jardín de la casa del alcalde. Lo hacían todos, grandes y pequeños, desde tiempos inmemoriales al grito de “chúpate esta, capullo”.

Meaban en solitario y en grupo, de día y de noche, en cualquier estación del año, convirtiendo la catarata mingitoria de altura en un deporte casi olímpico. Poco imaginaba el joven nuevo alcalde (venido de la capital) hasta qué punto se equivocaba instalando la señal de prohibición.

Aquella noche los lugareños (ofendidos) se presentaron en el ayuntamiento con antorchas en una mano y los arietes carnales en la otra. La escena le aterrorizó: cientos de hombres con la mano en la bragueta golpeando la puerta de la casa consistorial diciéndole: “sal, que te vamos a explicar una cosita.”

El político emigró al día siguiente a paradero desconocido, nunca supo que aquella señal quedó intacta porque en el pueblo caló hondo que infringir una ley injusta es obligación de todo buen ciudadano.

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