Discípulo y maestro caminaban cabizbajos un domingo lluvioso.
– Maestro, ¿tienen las piedras sentimientos? ¿Y memoria?.
El maestro pensó que su alumno estaba a punto de caramelo para leer a Coelho y entenderlo. Suspiró y le dijo con voz de locutor de tele tienda.
– Mira al suelo. Proyecta la imagen del paraíso y verás…
El pupilo miró al suelo y vio en el espejo de agua el cielo reflejado de la ciudad que le había visto nacer. Pensó en sí de alguna forma quedaría esa imagen impregnada al evaporarse el agua y si otros la intuirían cuando ya no existiera. ¿Existe sólo lo evidente? Pensó en cuantas imágenes debía haber visto ese empedrado, en los pasos perdidos, en las sombras y las luces, en la inalcanzable quimera de tener el cielo en la tierra. Luego se avergonzó por pensar esas cursiladas siendo ingeniero químico y no habiendo leído a Bucay lo suficiente.
– Veo sólo un charco, moléculas de hidrógeno y oxígeno con orín de perro -le dijo a su mentor un minuto después.
– Be water, my friend… -sonrió el sabio, conocedor que con vagas palabras se consigue un efecto mayeutico. ¿Entendería el otro que la revelación del día consistía en ser capaz de convertirse en espejo líquido y reflejar lo que el universo conspira para poner frente a ti? ¿Que el agua tiene varios estados? ¿Que la energía no se destruye? ¿Que no les entra agua en los ojos a los peces?
– Sensei, yo sólo veo un charco…
– Pues pequeño saltamontes, la respuesta está en la Epístola de Coelho a los seguidores del Corintians incluyendo la nota al editor pidiendo un adelanto para el Maserati.

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