Ella lleva un vestido rojo pasión que espera que caldee el ambiente, el verano está siendo calenturiento y el mercado está muy mal.

– “Roja, bien rojita,” -se había dicho frente al espejo colocándose en su sitio las tetas en el escote, sin adivinar que más tarde descubrirá que él es daltónico.

Él tiene una cicatriz en el cráneo y unas cuantas más que le hacen sentir que su vida es una mierda tamaño xxl.

Ante ellos parece que no haya nada ni nadie más que no sea el ansia de concretar carnalmente lo que han estado insinuando desde que se conocieron hace 24 horas. Desde entonces apenas ha habido tiempo para un alisado japonés, una depilación rápida, visita a la farmacia por sí la cosa tiene tanto pico como pata y esa cita en un bar del centro acaba en sudores y gemidos.

Ella sigue encontrándole cierto parecido a un cantante de flamenco (y esa posibilidad le excita) aunque su amiga Loles la noche anterior le había dicho que le recordaba a José Manuel Parada.

– “Envidiosa la perra la Loles, que tiene telarañas en el chumi” se repite mientras coloca sus manos estratégicamente en las piernas de él.

Mientras, Él repasa mentalmente las alineaciones del Barça desde 1980 hasta la actualidad. Es su viejo truco para durar más en el sexo y evitar sobre excitarse. Se concentra en los nombres y si no funciona usa entonces algunos flash de imágenes de Amarilla, Gerardo, Víctor, Calderé… eso siempre me destrempa, se dice. Y como un rayo le atraviesa un rubor al recordar que con tarzán Migueli y Lineker, en cambio, sucede lo contrario y por eso procura siempre no recrearse en ellos.

A unos metros alguien observa. Y se sonríe al imaginar la cara del tipo de la barra cuando en un rato descubrirá que su mujer de rojo y Migueli tienen más en común de lo que cree.

-“Suerte, princesa” – le desea mientras toma una foto clandestina.

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