Es cierto que estaba avisada: la guía turística que había comprado en el aeropuerto me lo advertía claramente en el capítulo seis. Ahí estaba, junto a la señal de una calavera, escrito en todos los idiomas de la Unión Europea y en letras mayúsculas, negrita y cursiva. Aún así me acerqué a la plaza porque no acababa de creerme que hubiese allí una mujer que robase corazones. Todo aquello me sonaba a letra de copla de los años cincuenta o directamente a leyenda para sacar el dinero a los turistas.

Ahora sé que debería haberme extrañado ver tan vacías todas las calles que rodeaban aquella placita encantadora. Me senté junto a la escalinata y empecé a tomar notas en mi cuaderno de viajes, entornando los ojos mientras agradecía el sol de invierno y la placidez de aquel instante. Sólo al escuchar unos pasos sobre los adoquines fui consciente de lo sola que había estado hasta entonces. Me giré y la vi caminando con decisión en dirección a mí.

Apenas sentí un leve pinchazo en el costado izquierdo, después todo se hizo borroso durante unos segundos. Cuando conseguí enfocar de nuevo la vista Ella estaba allí, sonriéndome con su dulce mirada.
Sin dejar de observarme, abrió su bolso e introdujo mi corazón en él.

– “No te preocupes” -me dijo- “hoy en día no es un problema vivir sin uno de estos”.

Esa fue la última vez que vi a la mujer que me robó el corazón.

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