La X del Tesoro

La X del Tesoro

Le susurró al oído: “el tesoro siempre está escondido bajo la x.”
Él buscó con su cámara la señal en el suelo durante un buen rato hasta que pareció rendirse. Sólo entonces y con sonrisa lobuna ella añadió: “levanta la vista, verás la X sobre ti”.
(Dedicada a todo aquel que no es consciente de ser el tesoro del mapa…)

Génesis 1.27-28

Génesis 1.27-28

El arqueólogo leyó en voz alta y clara la cita en hebreo clásico que contenía el manuscrito encontrado.

Coincidía plenamente con Génesis 1.27-28: “Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos…”.

Después miró de nuevo al sonriente representante comercial de Roca (patrocinador de su excavación) y le dijo:
– Macho, creo que no va a colar añadir que también dice aquí “y en verdad os digo que no es bueno que compartáis el inodoro”.

Sciacca

Sciacca

Era una tradición local sacarse la chorra, asomarla a la barandilla y mearse desde la altura del mirador del pueblo sobre las flores del jardín de la casa del alcalde. Lo hacían todos, grandes y pequeños, desde tiempos inmemoriales al grito de “chúpate esta, capullo”.

Meaban en solitario y en grupo, de día y de noche, en cualquier estación del año, convirtiendo la catarata mingitoria de altura en un deporte casi olímpico. Poco imaginaba el joven nuevo alcalde (venido de la capital) hasta qué punto se equivocaba instalando la señal de prohibición.

Aquella noche los lugareños (ofendidos) se presentaron en el ayuntamiento con antorchas en una mano y los arietes carnales en la otra. La escena le aterrorizó: cientos de hombres con la mano en la bragueta golpeando la puerta de la casa consistorial diciéndole: “sal, que te vamos a explicar una cosita.”

El político emigró al día siguiente a paradero desconocido, nunca supo que aquella señal quedó intacta porque en el pueblo caló hondo que infringir una ley injusta es obligación de todo buen ciudadano.

Pie de atleta

Pie de atleta

– He recorrido un largo camino hasta encontrarte -le susurró al oído estrechándole entre sus brazos- y cada paso que he dado con estas botas ahora sé que me estaba conduciendo hasta ti.
-Qué bonito -dijo Cenicienta observando perpleja la vegetación que salía del calzado que el príncipe acababa de colocar a su lado- pero una cosita: el Maserati es una calabaza, los trapitos son de Mercadillo, lo de la depilación láser en realidad es la selva de Matogrosso… pero ¿no habia una forma menos dura de decirme que tienes hongos en los pies?

La sombra de la gorra

La sombra de la gorra

– “Ser aficionado a las metáforas tiene sus riesgos emocionales” – me explicaba el psicoanalista bonaerense (que además es un escritor de relamidos poemas Jodoroskianos) esta mañana- “Vos sólo entendiste qué significaba para tu mujer decir me da miedo quererte tanto cuando presa del pánico, Ella se arrojó por la ventana y te convirtió en la sombra de un hombre solo, de los que nunca ha conducido un tractor pero que lleva una gorra John Deere hasta para ir al baño”.

Le he mirado sin decir nada, he pensado que era una lástima que hubiese confundido el expediente de otro paciente con el mío, que en realidad acudo a su consulta por el problema de hipersatirismo impenitente con crisis de exhibicionismo. Cómo decirle que llevo la gorra porque oí a su secretaria decir que le ponían los granjeros norteamericanos y el sonido de las cosechadoras. Al salir de la consulta el radar de ganadería femenina me ha hecho ver a una mujer extraña con gafas de sol que me hacia una foto y se marchaba sin darme tiempo a que le propusiera hacerme otra mientras le decía con lujuria acumulada y sucumbiendo a las metáforas aquello de “mira al pajarito”.

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