Madrid

Madrid

Aún sigo encontrándote en casi cada esquina de esta ciudad. Me topo contigo en este acento que es y será siempre el tuyo aunque venga de otras voces. Entorno los ojos y nos veo; éramos tan jóvenes y estábamos tan llenos de sueños. Te recuerdo prometiéndome que ganarías el premio Planeta. Y a mí adorando tu ingenio, tus gestos, tu inteligencia. Todo parecía entonces tan posible que nada malo podía pasar. Todo era nuevo. Todo estaba por escribir.

Un día el mar, mi mar, se convirtió en la personificación del espanto y la miseria. Un ladrón egoista. Y yo fui cobarde. No me atreví a volver a tu ciudad para enterrarte. Dolía demasiado despedirme de ti. Y me quedé en la cuneta de aquel viaje que no hice. Ya no he podido y sabido regresar. Desde entonces Madrid  (o lo que significa para mí) está anclada en una edad de hierro en la que camino a tientas, siempre buscándote, siempre añorando hablar contigo.

Ya ves, pasan los años y sigo sin saber despedirme de ti. Y a estas alturas ya no voy a aprender. Es de las pocas certezas que tengo claras, como que el Metro de Madrid va al revés y que seguiré queriéndote el resto de mi vida.

 

(A Nacho. Siempre). Madrid 27 de Marzo de 2017

El Sardineta

El Sardineta

Éste era el lugar favorito de mi abuelo Ramonet, que fue el primer miembro de nuestra familia al que llamaron Sardineta. Siempre me contaba que su destino no podía ser otro que despachar pescado tras aquel mostrador de mármol. Había venido al mundo en aquella parada, contaba mi madre (fiel a la versión oficial) que cuando la bisabuela había roto aguas estaba pesando en la romana una libra de sardinas y que de ahí le venía el apodo a Ramonet. Y por extensión a la familia.

Sin embargo, las crónicas de las verduleras decían que lo de Sardineta tenía otro orígen. Uno en el que los protagonistas eran Ramonet el pescadero y la Cinteta, que vendía huevos. Desde el puesto de cada uno pasaban el día mirándose y sonriéndose no tan discretamente como sus estados civiles y la moral de la época marcaban. Porque la Cinteta no era mi abuela.

Cuando le preguntaba al yayo Ramonet me decía que “eran otros tiempos” y salíamos pasear mientras contaba cómo se encontraban cada mediodía después de comer en el viejo callejón. Él la esperaba sentado en los escalones, como hago yo ahora, sin importarle que el suelo estuviese mojado. Y cuando la veía llegar se levantaba para poder ver aquel escote bamboleándose desde unos escalones de altura. “Aún puedo ver aquella flanera andante”. Cuando llegaba a su altura caminaban juntos unos minutos. Nunca se tocaban para no dar qué hablar, pero así se empezaron a susurrar los primeros si “yo pudiera” y los “si no estuvieramos”.

Con los años el ardor fue creciendo. El yayo sabía que nada es más erótico que la palabra. La dicha, la obviada y la escuchada. Así que uno de esos mediodías, presos de un arrebato lúbrico decidieron dar rienda suelta a su doble adulterio.  A falta de otro lugar les pareció adecuado arremangarse lo justo y hacerlo entre las cajas de los trajinantes del mercado. Quiso el destino que a esa hora y por ese lugar pasara el marido de Cinteta. Ella tuvo tiempo de salir corriendo pero mi abuelo sólo pudo agarrar una caja de sardinas para cubrirse, con tal fortuna que sus vergüenzas reposaron sobre los pescados.

Y así, con la chorra del abuelo entre sardinas mirando fijamente al cornudo del huevero, nació nuestra leyenda.

Las sombras de la cabina

Las sombras de la cabina

Siempre he sabido que, tarde o temprano, iba a utilizar precisamente esta cabina. Porque ahí fue donde pasó todo. Aunque hace ya tanto tiempo que somos los únicos que aún conocemos esta historia.

Llevo años esperando ver esa esquela en el periódico y hoy, por fin, la he leído. No he sentido la satisfacción que tanto había soñado. Sin prisa, me he armado con mis más preciadas herramientas y me he preparado para salir de casa: el paquete de cigarrillos liados a mano y la petaca bien cargada. Antes de cerrar la puerta me despido del retrato de mi Flora. Aquella María Magdalena de buen corazón que me dejó huérfano de caricias en los años cincuenta, seguramente por culpa de alguna venérea traída por la sexta flota. No ha habido una sola mañana en que no haya salido de casa sin besar aquella foto de quien, sin ser mi madre, fue todo lo que esta perra vida me ofreció como familia. 

No, no me afectan los tres grados de mínima que reinan en la calle a estas horas. El secreto de mi templanza se llama barrecha y es una mezcla de anís seco con moscatel. Me aficioné a ese desayuno cuando empecé a frecuentar a los estraperlistas del barrio chino y me decían que la leche no era cosa de machos. Él, en cambio, siempre tuvo su tazón con galletas para desayunar.

Ahí llega el que fue Excelentísimo Gobernador Civil, vestido como el Humprey Bogart de la calle Unión que quiso ser y no fue. Como si advirtiera mi presencia, se gira y me clava su mirada. Algo parecido a lo que hizo aquel día aunque entonces llorábamos y hoy creo ver una sonrisa en su gesto. No hemos vuelto a vernos desde entonces. Al acercarse siento las piernas de mantequilla, vuelvo a ser aquel mariquita del paralelo que iba a llamar a su mujer desde aquella cabina y contarle, despechado, que era a mí a quien Él amaba. Me habló entonces de sus hijos, de su vida, de lo injusto que era para mí encadenarme a un amor imposible. Que la quería, que no podía dejarla aunque iba a amarme también el resto de su vida.

– Siento lo de tu mujer. – le digo al amor de mi vida.
– Y yo siento que sea tan imposible deshacerse del pasado como hacer que vuelva…

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