Madrid III

Madrid III

Cuando era pequeño admiraba a mi vecino más que a los Reyes Magos. Y es que desde mi primera cabalgata me había acostumbrado a ver cómo sus Majestades de Oriente se inclinaban ante él y le abrazaban con afecto. En mi imaginario infantil, nuestro vecino era el Jefazo de los Reyes Magos. No había mayor ni mejor trabajo que ese. Puede que para el resto de ciudadanos ser alcalde tuviese menos glamour, pero a mí me fascinaba que viniera a casa a comer.

Recuerdo que Don Enrique murió en domingo. Lo vimos salir en en una camilla el miércoles, dice la crónica oficial que después de sufrir una caída en el cuarto de baño de su casa. Aunque luego escuché a mi padre decir que había sido el tratamiento para el cáncer de colon y no la caída lo que le había matado. Escondido detrás del delantal de mi madre la escuché hablar con su mujer.

– “Mi Enrique se me va” -se despidió doña Encarna entre lágrimas antes de ir hacia la ambulancia que les llevaría a la Clínica Ruber.

El estado de Tierno Galván se fue agravando hasta entrar en coma profundo. Sus constantes vitales fueron mermando sin que los médicos pudieran hacer nada, por expreso deseo del enfermo. Mi madre contaba que le había oído decir que no quería ni sueros ni tubos, que él no iba a morir como Franco.

Aquella noche mientras Madrid se quedaba sin su alcalde y mi vecina perdía al amor de su vida yo caí enfermo. Dicen que pasé una semana en la cama con fiebre, delirando y llamando a gritos a Don Enrique, pidiéndole que no se fuera. Yo no lo recuerdo, pero sí que cuando me puse bueno vino a verme doña Encarna.

– “Siempre que pasees por Madrid abre bien los ojos del corazón y le verás en todas partes de esta ciudad.”
-“¿De verdad?” -le pregunté asombrado.
-“De la buena, nunca te mentiría en algo así” -sonrió doña Encarna.

Treinta años he tardado en cruzarme a Don Enrique por las calles de Madrid. Y en reconciliarme con la sabiduría de aquella mujer de mirada bondadosa y alma rota.

El Hijo del Padre

El Hijo del Padre

Al entrar en la capilla y observar la talla de Jesucristo crucificado, mi anfitrión me dijo emocionado:

– “¿Te imaginas lo que debió ser aquel momento? Todo el pueblo de Israel, llegado de todos los rincones, gritando en Jerusalén “¡liberad a Barrabás!”, “¡liberad a Barrabás!”. ¿Sabías que en arameo, al igual que en hebreo clásico, la palabra “Bar” significa hijo y “Abba” significa padre?. Así que, en realidad, el pueblo Judío lo que pedía era la libertad del hijo (Bar) del Padre (Abba). Querían que Poncio Pilatos dejase libre al Hijo de Dios. Al Mesías. A Jesús de Nazaret.”

“Entonces, ¿porqué no lo liberaron?” -pregunté suspicaz.

“¿Y quién te ha dicho que no lo hicieron? Tenían que elegir entre Dimas y Jesús. Jesús quedó libre, Dimas acabó en el calvario. Los Evangelios Canónicos le llaman el Buen Ladrón, crucificado a la derecha de Nuestro Señor. Pero en realidad, murió más solo que la una. Mientras todo Israel celebraba que su Mesías había quedado libre, a pocos le importó la pérdida del bueno de Dimas.”

-“¿Y esta imagen que adoramos?” -le digo persignándome ante la Cruz.

-“Dimas. Murió solo pero quiso Nuestro Señor que su imagen sea eterna al apropiarse de ella. Todo esto está escrito en el Evangelio Apócrifo de Maria Magdalena. Al quedar libre, Cristo fue nombrado Sumosacerdote del Templo y organizó un violentísimo levantamiento militar . Desafortunadamente no triunfó. Y tuvo que optar por el exilio para él y su familia. Se ganó grandes enemigos dentro de sus discípulos que quisieron su muerte. Así que María de Magdala y los más cercanos urdieron un plan: reescribir la reciente historia. Barrabás dejó de ser Bar Abba y Dimas fue relegado a un papel secundario. Es mucho más complicado… ”

– “Me estás hablando de la mayor estafa de la Historia.”
– “No, te estoy hablando de un secreto bien guardado. Escondido por los Esenios en el Valle del Qmran. Y custodiado por la Orden del Temple a lo largo de los siglos. Bajo la mejor tapadera: “lo imposible es posible”. Si cuentas esto ¿quién va a creer que has rezando en la capilla de la Asociación Orden Soberana del Temple?”

Madrid II

Madrid II

Me gusta cómo gestionas mi provincianismo cosmopolita. Porque a veces me olvido que vengo de una ciudad que han convertido en un parque temático para turistas. Y, como Abril ya es época de polinización de guiris en Barcelona, no me parece normal que un lunes a las once de la mañana los pasillos del metro de Madrid esten casi vacíos.

Al otro lado del teléfono me dices:

– “Estarán todos trabajando.”
Y así, de esa forma tan pragmática (y tan tuya) me devuelves a la realidad. A ese mundo en el que consigues que mis pasos no vayan a la deriva y que le sonría al móvil. Que no me avergüence decirte que imagino que me puede asaltar un grupo de pandilleros vestidos como en el videoclip Bad de Michael Jackson. O, peor aún, que me encuentre en los pasillos del metro a uno de esos zombis que te comen el cerebro. Políticos, les llaman. Y en Madrid hay muchos.

Hago la foto mientras hablamos. Se me escapa una sonrisa. Porque Tú sabes que la editaré en blanco y negro y yo sé que Tú me refunfuñarás diciendo que le ponga más color a mi galería. Adoro nuestros códigos. Y cómo dejas que me adentre en la soledad de otros, siempre pendiente por si tienes que rescatarme de esos naufragios que nunca me son ajenos.

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