Unicornios

Unicornios

Aquí fue donde quise prometerte que los unicornios no envejecerían. Pero no lo hice. En lugar de eso, dejé que salieras de mi vida. Tal vez fue lo mejor. Para ti seguro que lo fue. Aún me quedan unas cuantas décadas de insomnio y algún cuerpo que borre tus señales para sentir que también lo fue para mí.
Siempre creí que sabría detectar cuándo iba a acabar nuestra historia. Tenía el arrogante convencimiento que me daría cuenta. Que la veteranía era un grado y vería las señales de lejos. O que las propiciaría yo, amo y señor de las reglas de aquel juego y de ti.

Siempre confié que, aunque en este cochino mundo todo puede cambiar, nuestro universo no iba a hacerlo sin mi permiso. Porque yo era Feliz al volante, porque tú eras mía y en aquel viaje no había billete de vuelta.
Me equivoqué.

Aquel día te esperaba fumando. Te vi llegar. Llovías toda tú. Habías crecido. Tal vez por eso pude leer a través de tus ojos las palabras cansadas que esperaba que nunca dirías.
Después, el portazo. Y supe que habíamos estado escribiendo durante años la preciosa partitura de una canción que nadie interpretaría jamás. O quizás sólo nosotros, cuando la cicatriz se reabriese, tararearíamos el estribillo. Aunque cada año nos costaría más recordarlo.
Perdí la Fe y empecé a frecuentar iglesias, burdeles y bares. No sabría decirte en qué orden porque suelo encontrarme casi siempre a la misma gente en cualquiera de esos sitios. Les he hablado tanto de ti a los borrachos, a las putas y a los curas que eres una parroquiana más… Y estamos todos de acuerdo en que debí decirte la verdad sobre los unicornios. Y así poder seguir mintiéndole a tu ausencia sobre lo poco que te echo de menos.

Sant Joan

Sant Joan

Una nueva noche de 23 de Junio echando de menos poder contarte la misma historia de cada verbena: que siendo nieta, hija y hermana de Juanes siempre tuve claro que mi hijo llevaría ese nombre. Que quería que unieras tu celebración a la de ellos, que han sido, son y serán punto firme en mi vida. Ejemplo, refugio, fortaleza. Qué mejor compañía para ti que la de los hombres de mi vida.

Con los años, cuando ya te hubieras acostumbrado a las rarezas de tu madre , iríamos añadiendo detalles al relato de la noche de San Juan. Intentaría que entendieras y saboreases la magia ancestral y atávica que se esconde en esta noche de luz, de fuego, de agua. De puro mediterráneo, del auténtico, del que no se envasa en botellines de cervezas ni se adorna con canciones de verano.

Si estuvieras aquí, esta noche de 2017, añadiríamos algunos ingredientes de magia al relato. Te tomaría de la mano y nos acercaríamos al mar dando un paseo. Te señalaría con el dedo las ventanas de la sexta planta del hospital y daríamos saltitos para celebrar las buenas noticias. Sería el momento de hablarte de las mujeres de esta familia tuya y mía. Si el nudo en la garganta me lo permite te diría que son mágicas.
– “¿Un poco brujas?” -me preguntarías si estuvieras en fase de leer a Harry Potter.
– “¿Tienen superpoderes?” -me dirías si fueses un fanático de Marvel.

Y no podría evitar sonreír al pensar que seguramente tienen las mujeres de mi clan un poco de lo uno y un mucho de lo otro.

20 de Junio de 1997

20 de Junio de 1997

Mi primer amor nunca leerá este texto porque, conociéndole, cerró la puerta y no habrá vuelto la mirada atrás. Esa ha sido nuestra condena aunque creyera que iba a ser sólo la mía. O fue su libertad. O la de ambos.

Aún así, siempre aspiro a que, como yo, de vez en cuando la cicatriz le supure y me rastree por internet. Si es así, si leyeras estas líneas… Amor, nunca te he dado las gracias. No me dejaste la opción a hacerlo. Supongo que debo agradecerte incluso eso: que cortases el hilo que nos unía, sin previo aviso, sin una explicación. Sólo tu silencio. Y tus cartas de amor. Tres acuarelas riojanas. Un libro. Una acacia con mi nombre. Una casa que anhelé nuestra. Nájera. Portales. Borkum Riff. El incendio de Atlanta. Las visitas a Correos. Arwencita. Bradín. Una colección infinita de recuerdos. La capacidad para crear metalenguajes. Tu voz. La noche en que empezaba el verano de 1997.

He tardado 20 años en hacer las paces con lo que fuimos, en ser capaz de pensar en ti sin que se me disparen todas las alarmas. Ahora te confieso que aprendí contigo mucho más de lo que me he permitido admitir. En lo bueno (que lo hubo a manos llenas) y en lo terrible. Soy también quien soy y cómo soy por el daño infringido. Lo que quiera que yo fuese antes de ti jamás volvió a existir.

Aprendí a ser en la sombra y sentir en la luz. A que actuar en caliente me sienta mal, mucho mejor ser paciente y, si hace falta, recordar que un francotirador es más letal. Me enseñaste a disfrutar de placeres que ni imaginaba, también a abrir mi mente. A estar preparada para que el daño fortaleciera. A ser capaz de entender que el amor es una fuerza incontrolable que aplaca al tiempo que excita, que tranquiliza y enloquece a la vez. Que mi corazón llevaba años latiendo y sin embargo nunca hasta entonces había resonado. Que jamás me libraría de esa extraña dependencia que desde entonces me retiene cautiva: cuando se ha amado con tanta intensidad ya no se puede prescindir del amor.

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