Es sólo flato

Es sólo flato

“No es nada, tranquila.” -me dices-” es sólo un poco de flato”.

Me alejo dejándote un poco de intimidad para que llores tu flato. Sé que hoy hace un año de aquel último abrazo. Recuerdo que no fuisteis capaces de miraros a los ojos. 365 días desde su portazo al salir mientras te lavabas los dientes y pensabas que esa tarde, cuando volvieses del trabajo, Ella no estaría. Que no habría más whatsapp a media tarde diciendo “te quiero, ¿a qué hora vuelves?”.

Supiste, como se saben sólo algunas cosas irracionales, que al cerrar la puerta para irte al despacho quedarían en el rellano del edificio vuestras bromas, proyectos, hijos imaginarios, discusiones, besos, metidas de mano, miedos y el “buenas noches, te quiero” de cada noche.

Saliste de casa y te acordaste de todo. De su adorable gesto de concentración al leer. De su olor. De tu ritual de colocar las gafas junto a las suyas para que también durmieran juntas y se contaran lo que habían visto. El sabor de su boca, tu sabor en la suya. La primera vez que os desnudasteis. Tú llamándole desde la ducha para que te acercara una toalla y aquellos “ya que has venido pasa que te cuento una historia al oído”.

Sus “si me dejas me muero” y los “tú has llegado a mi vida para quedarte” se perdieron junto a la colección de adverbios que resultaron ser sólo lo eso: flato.

Escribir

Escribir

¿Por qué escribo? ¿Por qué me empeño en tejer sueños, en dar cuerpo a personajes que no existen, en fabricar geografías de papel, en inventar vidas, universos paralelos y mentirosos?

Mientras me hago esas preguntas, la Vida sigue su curso afuera. En este momento, llueve la luz de la luna y en algún lugar duerme mi amor lejos de mis caricias.

¿Por qué escribo?

Tal vez para poblar este desierto; para no estar sola en esta voluntad (o casualidad) de estarlo; porque de niña aprendí a mancharme las manos con tinta, que es como mancharse con sangre, con la propia. Y saberse vivo aún, con tanto por hacer. Me digo muy bajito que tal vez se escribe para no morir del todo, para (per)durar. El ego a veces es así de pretencioso. O el miedo así de grande.

Escribo para recordar, para ser recordada, para vencer la amnesia, el silencio, el agujero oscuro del tiempo. Pero también escribo para olvidar, para hacer inofensivo el dolor, biodegradarlo como se hace con los venenos en química. La escritura como cura paliativa de los sentimientos y protección de las angustias de la vida.

Escribir como como analgésico, como remedio aunque sea puro “placebo”. Escribir como medicina, para consolarme  y ojalá para consolar a los demás. Para volver inofensivo al dolor, por unos segundos, durante unas líneas.

También se escribe para ser feliz. O para reemplazar la realidad que no nos hace serlo, para vivir otras, mejores, diferentes. Para testimoniar lo que somos y sentimos aquí y ahora, para dejar testamento de una, de un tiempo, de un lugar. Lo bueno y lo malo.

Por supuesto escribir para jugar: ¿porqué no? Usar la Palabra como el mayor divertimento, la mayor de las soledades compartidas. Escribir como recurso (tal vez desesperado y necesario) para darle un sentido a la insensatez del mundo. Para evocar. Para bautizar las cosas, para prorrogar la vida, para persuadir, para seducir. Para profetizar. Para lavarse el corazón, para ensuciárselo otras muchas veces. Para conocerse, para saber quién somos. Para olvidarnos de nosotros por un instante. Se escribe para mentir diciendo grandes verdades.  Para gritar sin alzar la voz.

Para dejar entre líneas mensajes de Amor que sólo tú vas a entender.

Insomnio

Insomnio

Siempre me he preguntado a dónde van a parar esos sueños que soñamos y luego olvidamos. En mi imaginario los veo como pequeñas Atlántidas, geografías sumergidas y extraviadas que no visitaremos nunca más.

De joven me gustaba esa idea. Ser capaces de soñar escenarios, personajes, vivencias de las que nunca seremos conscientes. Y encontraba así una explicación a los dejà vu: retazos de sueños, personas y momentos que hemos creado y no recordamos al despertar… que se quedan “allí”.

Allí.

Allí tenemos otras casas, otras parejas, otras vidas a las que no volvemos. No tenemos kilos de más. Ejercemos profesiones que ni nos atrevemos a confesar que son nuestra vocación. Tal vez “allí” es donde nos espera esa felicidad que nos es esquiva en esta realidad. Quizás “allí” podemos volar, el tiempo no pasa y tú nunca te casaste con nadie que no fuera yo. Así empecé a añorar las vidas que no supe que vivía junto a ti venciendo la distancia, la melancolía y la angustia.

Detengo mi paseo nocturno para seguir divagando sentado en nuestro banco.

Me pregunto qué estarás haciendo Tú mientras te escribo. Ahora mismo.

A estas horas probablemente ya estarás en la cama. Intento imaginar qué posición tienes, si duermes o si por alguna casualidad remota (o mágica) te has desvelado sintiendo que mi alma y mis palabras te invocan. O estás creando universos que mañana serán una nueva Atlántida, sumergida en el océano de esta realidad que vivimos.

Tengo síndrome de abstinencia de tu risa, de tu piel, de tus abrazos. Mi cuello se siente huérfano de tus besos. De tu mirada. De tus labios. De tus caricias. No tengo respuesta que dar a mis manos cuando me reclaman volver a sentir tu contacto, tu textura, tu sabor. Te escribo en esta noche de insomnio porque me cuesta respirar si no estoy contigo. Porque se me enredan en un nudo alrededor de la garganta los besos que no nos hemos dado, las caricias que no he sembrado (aún) por tu geografía adorada.

Tengo sed de ti y mi única agua es escribirte. Me niego a que tanto amor se desvanezca sin que quede registro de mis palabras más allá de los travesaños de este banco. Así que, suéñame, amor.

Y mañana susúrrame a las ojeras que Tú y Yo somos.

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