Else (Postales Noruegas)

Else (Postales Noruegas)

Adoro esta foto.  No puedo evitarlo. No sé qué tiene.

A fin de cuentas sólo es un atardecer más. Con una barca rota que ya no llevará a ninguna parte pero que te resistes a tirar porque ahí esperabas salir de pesca con esos hijos que nunca llegaron. No se ve, pero también está el travesaño roto del embarcadero. Ese que nunca reparas porque aquellos maderos los colocaste con tu padre siendo niño y ahora te dolería su ausencia en cada martillazo.

El refugio que heredaste en el lago siempre me ha parecido discreto, precioso y triste. Tal vez porque lo contemplas recordando el futuro que imaginaste para esta casa en medio de la nada. Y porque, de alguna forma, aquí aún se respira la presencia de aquella mujer que te esperaba en el porche viendo cómo vuestro perro correteaba a toda velocidad al verte llegar.

No sueles hablarme de Else y me toca imaginarla encajando las pequeñas piezas del puzzle que encuentro. La observo en la foto del salón, separando un mechón y dejando ver su pequeña cicatriz en el pómulo. La que se hizo cuando tropezó mientras la hacías reír el día que empezasteis a salir. La misma de la que siempre presumió: esta herida lleva conmigo el mismo tiempo que tú. La imagino en esta casa, con su corazón viajero de esos que a veces se escapan por el campo, o en la ducha, de pura felicidad. Sé que fue feliz aquí.

– “Tenía un genio que no controlaba del todo, como el tuyo.” -me dijiste una vez.

Ha sido de las pocas veces que te he visto sonreír al nombrarla. Te imagino corriendo tras ella por las escaleras que llevan a la habitación. Siguiendo sus pasos. Diciéndole que la quieres. Recordando las cenas con los amigos, los aviones que ibais a coger, lo pesado que era vuestro perro.

-“Cuando murió pensé vender esto, pero no he sido capaz” -te oigo como si hablases desde muy lejos.

Yo creo que algo dentro de ti siente que Else sólo salió de la ducha y bajó al embarcadero para sentir el sol rozándole las mejillas, y sigue esperándote en algún lugar de la casa oliendo a tierra y a jabón.

El viejo embarcadero (Postales Noruegas)

El viejo embarcadero (Postales Noruegas)

Hoy tampoco te lo he dicho. Lo iba a hacer. Pero no. Cuando me había decidido me has dicho “¿vamos al viejo embarcadero a ver cómo atardece?” y sólo he sido capaz de asentir mientras me tomabas de la mano.

A veces me pasa, las palabras se me hacen bola en la garganta, como a los gatos con el pelo. Por eso no te he dicho que quiero verte despertar a mi lado cada día. Ni que esta mañana, cuando se ha puesto a llover me he acordado de ti y de mí en el sofá llorando a moco tendido mientras Robert Kincaid ve marcharse su felicidad en una furgoneta roja. No te he susurrado al oído que he vuelto a tararear en la ducha la canción que escuchamos nuestra primera noche y que he sonreído como hiciste tú, entornando los ojos.

Lo sé. Debería habértelo dicho sin dar tantos rodeos. Decirte que adoro cómo consigues concentrarte cuando necesitas hacer algo, tus estados fugaces y a veces inexplicables de melancolía, el olor de tu pelo, o ese tono en tu voz cuando me dices que tengo un despertar maravilloso.  Debería decirte cuánto me gusta esa costumbre que tienes de emocionarte ante algunas situaciones o gestos o personas. Tu exquisita sensibilidad, tu sentido del humor. Que me emociona que me digas que vas a hacer bizcocho porque yo lo he hecho.

Me gusta escuchar nuestros pasos haciendo crujir la madera. Cuando hemos llegado al final del embarcadero he estado a punto de hablarte del miedo que a veces me bloquea y luego desaparece tal y como ha venido. De cómo me reconforta que conozcas y respetes mis silencios cuando estoy preocupada o triste; que sabes de mi pasión por ti hasta el punto de ponerme a bailar contigo cuando me lo pides.

No te digo lo suficiente lo importante que es esa manera tuya de amar (incontenible, tranquila, auténtica, incondicional, madura y a veces aturrullada). Que cada vez que me hablas de tus siestas suspiro deseando compartirlas todas contigo. Lo de dormir también.

– “Emilia”
Escuchar mi nombre en Tu voz mientras estoy pensando en lo que estoy pensando consigue ruborizarme. Sonríes.

Y como si el universo lo entendiera, sólo entonces, atardece.

Honningsvåg, Alicante (Postales Noruegas)

Honningsvåg, Alicante (Postales Noruegas)

No es fácil llegar hasta la pequeña ciudad de Honningsvåg, pero esa paz gélida y ese oxígeno puro hacen que valga la pena subir hasta donde no imaginabas ser capaz. Estar al fin en el Norte del Norte.

Dicen las guías que Nordkapp es el lugar más septentrional de Europa, aunque no es del todo cierto: el cercano cabo Knivskjellodden se encuentra 1500 metros más al norte, pero sólo es accesible a pie.

-“Y eso, para los más de doscientos mil turistas al año que llegáis hasta aquí es demasiado” -me acaba de explicar riendo el conductor del bus local.

También me ha contado que se llama Knut y que tuvo hace años una novia de Alicante de la que sólo habla a los turistas españoles porque sino (sic) “mi mujer celosa corta huevos aunque frío los esconda”.

Y no puedo evitar mover la cabeza al saber que este vikingo ha hecho que mi recuerdo del frío del Norte también sea el de los cataplines de Knut, el único Noruego capaz de decirte de carrerilla y emocionado que “Crevillente, mala tierra, peor gente”.

“Ole mi arma” (Postales Noruegas)

“Ole mi arma” (Postales Noruegas)

Siempre que he venido a Noruega he vivido la misma experiencia durante mis primeros días. Supongo que de alguna forma mi cerebro sufre algún tipo de crisis al escuchar un idioma tan diferente y se vuelve loco intentando transformar el sonido que entra por mi oídos en señales conocidas y con significado. Sí, suena raro a nivel teórico pero con algunos ejemplos seguro que me explico mejor.

Cafetería en la Calle Stortorget 2, en Tromso. Después de pedir tímidamente un capuccino al camarero noruego me siento a tomarlo mientras observo a un grupo de personas que entran. Saludan al muchacho y entablan una conversación cuando de pronto, claramente, una de ellas le dice a otra:
– “Ole mi arma”
Y la otra le confirma un “ole mi arma” que ni en Triana lo dicen con tanto arte.

Y claro, sé que no es posible.

Que no hay ninguna cámara oculta que esté grabándome. Así que me río mientras espero que los obreros que acaban de entrar digan algo que mi cerebro codifique fonéticamente como castellano, catalán o italiano.
Porque en mis viajes a Noruega no han faltado las amigas que se encuentran y (según mi cabeza) se dicen “batúa l’olla” o los ancianos que le dicen a su nieto “quando finisce t’amazzo”. Doy fe que ni las chicas de Trondheim eran “pubillas de casa bona” ni los abueletes amenazaban de muerte a su rubicundo niño.

El cerebro, al menos el mío, se divierte y me divierte. A algunas personas les basta eso, un poco de sol y una cerveza.

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