La Tradición

La Tradición

Durante los primeros tiempos de la creación, La Noche y El Día se enamoraron perdidamente. Así que era habitual ver juntos a la Luna y al Sol que, jóvenes y apasionados, no eran conscientes del enfado de los Dioses por no cumplir con su función en el universo.

Una joven de la aldea vino a saber del oscuro castigo que amenazaba a la Humanidad si el ciclo de la Luz sobre la tierra no se cumplía según lo previsto. Y dicen las leyendas que, sin temer a la segura ceguera que le esperaba a ella por acercarse, fue a la playa donde la Luna y el Sol yacían como dos amantes.

Nadie sabe qué palabras les dijo, pero sí que no ha habido un momento más triste en la Historia como el que vivieron los dos astros al saber que nunca podrían volver a estar juntos. De ello aún queda el eco imborrable en la Memoria de las Piedras.

Se dice que, conmovida por aquella pena invisible, la joven acudió cada madrugada del resto de su vida a la playa para acompañarles. Una vez allí, sentada frente al horizonte, movía las manos suavemente y susurraba palabras de alivio mientras dirigía la partitura invisible del concierto de las mareas.

Las versiones más líricas sitúan en el lugar de la joven aldeana a la Diosa del Amor. En algunos pueblos del Norte hablan de una sirena entonando un canto estremecedor. Sea como fuere, así es cómo dicen las viejas crónicas que nació la Música: en el momento mágico en que la noche y el día apenas se acarician con las yemas de los dedos.

Y afortunadamente para la Humanidad, La Tradición aún sigue viva. Nunca han faltado mujeres ciegas, con buena voz o con mal de amores. Cada madrugada, como ahora mismo, hay una en la playa que, con los ojos entornados y al vaivén de las olas, dirige con sus manos la llegada del Sol y la partida de la Luna.

Amanecer

Amanecer

Empieza a amanecer al llegar a la playa, justo cuando acabo mi monólogo sobre el Amor con el que tanto se ha divertido el taxista.

– “Mapatxita,”-te oigo susurrarme en cuanto bajamos del coche-“la gente idealiza el primer amor, ese de los primeros besos.”

Me gusta esa vergüenza con la que a veces hablas de cosas moñis. Y que cuando te lo diga me respondas con ese “cállate” norteño tan tuyo.

-“Es normal confundirlo con el verdadero amor“-continúas-” por lo puro, tierno, apasionado e inocente que es. Entrañable cuando no tenemos ni puta idea de las consecuencias de una ruptura, de una decepción, de una pérdida, de la distancia, del esfuerzo. Para mí, es más auténtico el que viene con los años, cuando sabes que al entregarte emocionalmente a otra persona, te arriesgas el corazón y la sangre y aún sabiendo todo eso, lo haces.”

Asiento y disparo la foto mientras te digo que no sé si cuando alguien se enamora lo hace con plena consciencia del dolor, de todo lo duro, la responsabilidad o lo malo que puede traer. Pero que sí, que atreverse a vivir una historia a sabiendas del dolor que puede provocar, aún cuando imaginas o sabes claramente que vas a sufrir es un acto precioso y valiente.

-“¿Valiente?¡Quererte a ti es sí que es algo heroico diría yo!“- dices imitando mi acento mientras llegas a mi lado. Nos quedamos muy cerca, tanto que siento que me tragas con tus ojos y tus manos.

Recuerdo aquella otra mañana, lejos de aquí, en tu Norte. Lo mal que estábamos tú y yo cuando nos conocimos en la Catedral, los peligros que nos rodeaban, la tristeza que nos atenazaba. Cómo hemos aprendido a no saber de horas y entender que cuando encuentras lo que buscas los días ya no son días y las noches ya no son noches.

Y sonrío como una tonta al darme cuenta que, unas veces de forma fascinante y otras de manera agotadora, la vida tiene una interminable capacidad de sorprenderme.

Luciérnagas

Luciérnagas

No sabría decir cuándo fue la última vez que vi una luciérnaga. Hoy me he dado cuenta que las tengo asociadas a mi niñez. De pequeña, durante las noches de verano, solía verlas cuando jugábamos en la casa de Montserrat. Allí estaban ellas compartiendo espacio con mis hermanos, mis primos y los gambusinos que eran los habitantes de mis solitarias lunas infantiles alejada de la vista de los adultos.

Recuerdo que les preguntaba cosas. También lo hacía a los caracoles. Porque aunque eran lentos, frágiles y babosos a mí me caían simpáticos aquellos bichos. Yo me sentía cercana a ellos: adoraba salir con el fresco que llega tras la lluvia. Por eso me sentía mal cuando sin querer (o queriendo) chafaba sus frágiles caparazones. Aquel sonido inconfundible a ruptura me ha acompañado desde entonces, como también que aprendí las palabras hermafrodita y espiral gracias a ellos.

De las luciérnagas no aprendí nada para mi vida adulta, me temo. Aún así las buscaba en las jardineras de toda la casa y observaba embelesada la sutileza de su luz. A ellas no las mataba (ni queriendo ni sin querer) porque quizás ya intuía que las Hadas brillan en la oscuridad y tan sólo se pueden ver cuando eres pequeña.

En aquellos años uno sabe esas cosas. Y por qué flotan los aviones y las nubes o porqué el espacio nunca se acaba. Luego olvidas esa sabiduría, poco a poco, a la vez que interiorizas cosas absurdas como las tablas de multiplicar. Y llenas tu mente de respuestas a cuánto son cuatro por cuatro y desaparece lo mucho que te gustó aquel día tocar la oscuridad y descubrir que su textura no duele ni asusta.

No sé en qué momento dejé de ver luciérnagas. Ni tampoco cuándo perdí aquella inocencia. Pero algo en mí aún sonríe y se agita con algunas bombillas y algunas personas.

Lost in you

Lost in you

Hold me like you never lost your patience. Tell me that you love me more than hate me all the time. And you’re still mine. So smoke ’em if you got ’em ‘Cause it’s going down All I ever wanted was you. Let’s take a drink of heaven. Let’s raise a glass or two. To all the things I’ve lost on you: Tell me are they lost on you? (Laura Pergolizzi aka LP. Lost on You)

A ti, que sabes tararearme las canciones que suenan en mi cabeza y consigues hacer que el mundo sea un lugar mejor cada vez que sonríes. A ti que pones banda sonora a cada emoción que siento.
A ti, que atesoras en la piel de tu espalda lo mejor que he escrito jamás con las yemas de mis dedos.
A ti, mi geografía de besos y caricias.

A ti, que el día que nos conocimos hablamos de la belleza de las cicatrices de la vida.
Yo te dije que la fragilidad y la capacidad de recuperarnos las hacen hermosas. Y tú respondiste que saber valorar lo que se daña en nosotros nos aporta una serenidad objetiva. Que el mundo nos rompe a todos y luego algunos se hacen más fuertes en las partes rotas.
A ti, que reías tanto cuando te supliqué que no siguiéramos en esa línea porque aún no te quería lo suficiente para soportar que te gustase Coelho.
A ti que levantaste las manos como para rendirte y demostrar tu inocencia y me miraste de esa forma que, ahora que sé lo que significa, consigue ruborizarme entera.

Así fue como el día que te vi por primera vez te dije que te quería. Visto con perspectiva no deja de tener su gracia. Sobretodo porque me sirve para chincharte con que yo te quise antes que tú a mí.

Brindo por ti, como hicimos aquel día. Y fíjate, desde entonces no ha dejado de fascinarme tu sonrisa luminosa. No, amor, no se me ha subido la bebida. Es sólo que celebro que Tú y Yo somos.

Nunca verás un amanecer tan hermoso como Ella

Nunca verás un amanecer tan hermoso como Ella

“Nunca verás un amanecer tan hermoso como Tú”.

Ésa ha sido tu respuesta cuando te he enviado esta foto. Y me he sentido tan abrumada que sólo he acertado a enviarte ese emoticono al que se le cae la baba y que tanto te gusta.

Y sigo aquí, sin contarte aún que, al pasar junto a la guardería, he visto a los niños que salían agarrando con sus manitas la cuerda y he pensado en los vínculos entre seres humanos y cómo a veces no se rompen aunque pase el tiempo. Tampoco que he estado en esa tienda de ropa que tanto te gusta ni que me preocupa ver a mi madre llorando cuando piensa que nadie la ve.  Ya me lees, amor, aún padezco esa timidez repentina y efímera en algunas situaciones aunque los años y las decepciones me han enseñado a ser fría y distante cuando algo me hace daño. No te he contado que cada vez duelen menos las cicatrices invisibles que sembraron algunas personas en mi vida. Que sé lo que no quiero y lo digo. Que no me asusta decir lo que siento y lo que necesito.

¿Alguna vez te he hablado de la fuerza centrífuga que me nace aquí dentro o de lo mucho que me gustan las tormentas y lo poco el parpadeo de un relámpago (porque sé que tras el relámpago, viene el rugido del trueno)?.

Divago.

Al menos estoy segura que no necesitas que te cuente la seguridad que tengo en mí misma y en todas mis debilidades; o la sonrisa que pongo cuando voy a verte.

Que me encanta cuidarme y tratarme bien (y me gusta cuidar y tratar muy bien a los demás). Que cada vez tengo más control sobre la fiera que nace dentro cuando algo me indigna o me parece injusto y que estoy orgullosa de mis principios y valores.

Ni lo mucho que disfruto cuando escribo o fotografío. Que ya no me avergüenza si a veces susurro lo que pienso mientras camino.  Que hay días que puedo ser insoportable cuando me irrito pero que gana siempre esa maldita dulzura mía que es exactamente igual que la tuya.

Ahora es cuando me besas la palma de las manos y me atrevo a decirte que bendigo el momento que me enamoré de ti. De todo lo visible y lo que intuyo.

Y, sí, nunca veré un amanecer tan hermoso como Tú.

error: Alerta: Contenido protegido. Si necesita algún texto o fotografía contacte con www.emiliagalindo.com