Luz de Invierno (I)

Luz de Invierno (I)

Un día de estos le diré algo. Aún no sé cuál será mi primera palabra ni tampoco cuál será el mejor momento; es más, no sé si hay un buen momento para estas cosas.

Con los años hemos acabado convirtiendo en algo natural esa manía suya de contarme cosas mientras prepara, imagina, compone o me dispara. Una parte de ella, eso sí, aún sigue siendo consciente que no deja de ser una cuarentona hablándole a una máquina o, lo que es peor, hablando sola. Por eso suele ponerse los auriculares del móvil para que parezca que habla por teléfono con alguien. En el fondo me da ternurita.

Esta loca le ha contado tantas cosas a esta vieja cámara que podría escribir suculentos capítulos de su biografía. Conozco, como si fuera una de sus amantes, algunos de sus tics y rituales más íntimos. Sus pulsiones y sus pasiones. Qué le gusta, cómo le gusta. Y por supuesto qué pasa por su mente cuando se tira al suelo y adopta posiciones extrañas en busca de algo que ha intuido ser capaz de capturar.

Conozco el sabor lúbrico de esos “venga nena” (no sé si dirigidos a mí o a ella misma), los jadeantes “sí, sí” que le enrojecería escuchar fuera de ese contexto. Y por supuesto el temblor en sus manos cuando me sostiene y revisa, aguantando la respiración, la foto aún ardiente que acabamos de disparar.

Sí, en plural. Acabamos. Ella y yo.

Llega un momento en que siento que somos una sola cosa, que me ha convertido en un apéndice suyo, que soy sus batallas perdidas contra la córnea, su corazón coraza. Quizás por eso le dejo equivocarse y acertar cuando me recorre (sin saber bien qué coño está haciendo en la mayoría de ocasiones) persiguiendo ese sueño suyo de capturar la épica de lo cotidiano.

Y a veces, en esos intentos, consigue atrapar algo que ni ella sabía que buscaba: la Belleza.

8M

8M

Querida.
Me gusta verte crecer en otras mujeres. Sí, suena raro, lo sé. Pero te intuyo en las pulsiones y emociones de las hijas de otras madres, siempre ajenas y a la vez, extrañamente, cercanas. Me sigo sorprendiendo hablándote o escribiéndote, como si alguna vez fueses a leerme o escucharme. Como si no hubiese arrojado a las llamas los cuadernos de una espera que resultó tan estéril como yo misma.

Aquí sigo, hija. Hoy el mundo -y yo orgullosamente- visibiliza a la Mujer. Sin embargo, hace años que el 8M también llena mi calendario del olor a aquel quirófano. Supongo que debería celebrarlo aunque secretamente lo siga maldiciendo. Hasta entonces aún sentía que podía crecer, estirarme y así, de puntillas, tocar el cielo y engendrar vida. Recuerdo que llenaba mis diarios con listas de propósitos en los que aparecías siempre Tú. Pero desde aquel 8M en el Clínic ya no he querido hacer más listas de las que eliminarte.

Después la vida te sorprende en esa esquina de ahí, o en la de allí, y te pone retos, metas, personas, acontecimientos. Y sólo tienes que estar atenta para saltar, agarrar, hacer, soltar, abrir el paraguas, cumplir, intentar, conseguir, frenar, besar, ayudar, decir, soñar, aprender, crear, caminar.

He aprendido también que esto (lo de vivir) consiste en hacer las cosas lo mejor posible y del modo más humano y bonito que se pueda. Y no nos queda otra que recoger todo lo que hay, procesar la felicidad, el dolor, la pérdida, la ilusión. Aunque no siempre sea fácil elegir libremente quién eres todos los días. Porque es nuestra responsabilidad (nuestra condena y nuestra suerte) cuidarnos mucho, mimarnos, hacer cosas buenas y productivas, sin perdernos, sin olvidarnos de quiénes somos, de todo lo hermoso que llevamos dentro.

Si pudiera, si te tuviera aquí ahora, te miraría a los ojos y apoyando mi frente en la tuya te diría que aquí dentro, mírame, mírame bien, aquí dentro tienes, tengo, tienen, Luz. Una Luz que se enciende y se apaga pero que hemos de cuidar que permanezca encendida, viva, la mayor parte del tiempo.

De lo poco que a estas alturas creo haber entendido es que hay que aceptar, agradecer, disfrutar, sentir como sintamos, crecer, y sobre todo, construirnos un camino que recorrer bajo el sol, el viento, la bruma o la lluvia. Y quizás por eso, pese a no tenerte jamás, me quiera (y me deba) celebrar mientras viva.

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