Encontrar en casa de tus padres una carpeta con apuntes adolescentes que tiene en los márgenes dibujos producidos en horas de aburrimiento escolar

¿Qué le diría a mi yo de hace más de 20 años?

¿Que aunque entonces sintiese el peso del mundo sobre mi espalda, con los años soy sólo una cifra más en el censo de población, que pasa inadvertida, que tributa sus impuestos, a la que utilizan para conseguir su voto…?

Eso sí, le diría que en parte no le he traicionado y que soy una cifra que siente, que se niega a ser etiquetada, que observa, que atrapa, que vuelve a sentir, que lucha, que lee, que se excede, que también se queda corta, que sigue sintiendo hasta sangrar la última emoción sabiendo que (muy probablemente) los romanos tenían razón con su Carpe Diem.

En definitiva sólo alguien que intenta ser un ser humano en el término más amplio (digno e indigno) del término. Me gusta pensar que podría decirle (citando a Machado) que soy en el buen sentido de la palabra alguien bueno. Aunque le diría que el quid de esa frase está en la definición de “el buen sentido de la palabra”, que admite matices que van de lo oscuro al blanco absoluto. El pantone es inmenso. Nada más lejos de mi personalidad que considerarme definida por un cliché ético, religioso, político, emocional.

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