Un día dejé de abrazar a las rocas. No sé cuándo empecé a no sentir por ellas la empatía necesaria para darles mi cariño. Ni porqué dejé de ver lo solas que están y el desgaste silencioso al que las somete el tiempo.

Recuerdo que, cuando era niña, jugaba a rozarlas con las yemas de los dedos e imaginar que sentía el rastro de otras personas que habían pasado por allí (y las habían tocado) antes que yo. Como si me recorriese una pequeña descarga eléctrica, preñada de imágenes. Luego me despedía de ellas y corría a casa para escribir las historias que me habían contado sus cicatrices en aquellas libretas que llamaba “La memoria de las piedras”.

Pensándolo bien, tal vez debí preguntar a alguien si ser adulto valía la pena. O pedir que me hicieran un croquis para no perder cosas importantes por el camino. Que no era malo mantener el Don de escuchar lo que nadie oye: los secretos de las piedras.

Ojalá hubiese sabido el momento exacto en que iba a despedirme de mis compañeras de juegos, de esas Maestras cómplices que me enseñaron que las rocas también pueden quebrarse. Que ser fuerte no es sinónimo de indestructible. Que hay abrazos que no duran para siempre y otros que nunca se pierden.

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