Cuando robo una foto suelo hacer mío a quien aparece en ella. Es inevitable. Les esbozo una historia, cuido sus heridas, les trato con cariño y respeto. E inmediatamente se convierten en habitantes de mi archivo de Soledades Robadas. No sé si viven felices haciéndose compañía entre ellas. Mi tendencia natural es creer que sí, del mismo modo que suelo emocionarme con los gestos de Amor que percibo o siento en mi mundo.

Mis “solos” (y solas) pueden ser víctimas, suelen ser héroes. Pero jamás verdugos. Sin embargo sé que (aunque sea por pura estadística) entre ellos puede que haya fotografiado a algún pederasta. A algún maltratador. Un asesino. Gente cruel. Agujeros Negros. Llamo así a esa gente que querría ser una estrella y no es más que un remanente de la luz que roba de otros. Personas incapaces de salir y expandirse, condenadas para siempre a estar encerradas y consumirse en sí mismas. Superadas por la sombra, abismáticamente egoístas. Malvadas.

Pienso en las estrellas luminosas que tienen la desgracia de acercarse demasiado a uno de estos agujeros negros. Cómo el tirón gravitatorio las atrae poderosamente, acercándose tanto que se alargan y estiran como una goma hasta que su vida queda completamente destrozada. Los científicos llaman a eso un “evento de disrupción de marea”.Yo necesito definirlo usando varios insultos encadenados.

Me duele imaginar al agujero negro tragándose grandes fragmentos de la estrella triturada, que mientras muere libera suficiente energía como para generar brillantes destellos que pueden llegar a durar meses, incluso años enteros. Y en el verdugo jamás desaparece el instinto depredador ni el hambre insaciable. Sin un ápice de empatía.

Son tiempos rarunos, me susurra Pepito Grillo. Está pesadito recordádome los peligros (reales) que hay alrededor de eso de robar soledades. Pero sobretodo me pregunta cuándo voy a poner la brújula rumbo Norte e ir donde las sombras se hacen pequeñas y las esperanzas grandes.

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