Empieza a amanecer al llegar a la playa, justo cuando acabo mi monólogo sobre el Amor con el que tanto se ha divertido el taxista.

– “Mapatxita,”-te oigo susurrarme en cuanto bajamos del coche-“la gente idealiza el primer amor, ese de los primeros besos.”

Me gusta esa vergüenza con la que a veces hablas de cosas moñis. Y que cuando te lo diga me respondas con ese “cállate” norteño tan tuyo.

-“Es normal confundirlo con el verdadero amor“-continúas-” por lo puro, tierno, apasionado e inocente que es. Entrañable cuando no tenemos ni puta idea de las consecuencias de una ruptura, de una decepción, de una pérdida, de la distancia, del esfuerzo. Para mí, es más auténtico el que viene con los años, cuando sabes que al entregarte emocionalmente a otra persona, te arriesgas el corazón y la sangre y aún sabiendo todo eso, lo haces.”

Asiento y disparo la foto mientras te digo que no sé si cuando alguien se enamora lo hace con plena consciencia del dolor, de todo lo duro, la responsabilidad o lo malo que puede traer. Pero que sí, que atreverse a vivir una historia a sabiendas del dolor que puede provocar, aún cuando imaginas o sabes claramente que vas a sufrir es un acto precioso y valiente.

-“¿Valiente?¡Quererte a ti es sí que es algo heroico diría yo!“- dices imitando mi acento mientras llegas a mi lado. Nos quedamos muy cerca, tanto que siento que me tragas con tus ojos y tus manos.

Recuerdo aquella otra mañana, lejos de aquí, en tu Norte. Lo mal que estábamos tú y yo cuando nos conocimos en la Catedral, los peligros que nos rodeaban, la tristeza que nos atenazaba. Cómo hemos aprendido a no saber de horas y entender que cuando encuentras lo que buscas los días ya no son días y las noches ya no son noches.

Y sonrío como una tonta al darme cuenta que, unas veces de forma fascinante y otras de manera agotadora, la vida tiene una interminable capacidad de sorprenderme.

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