Bip bip.
-“”¿Quién demonios te enviará whatsapp a las dos de la madrugada?”

A su lado, mientras ella se hacía esa pregunta, él dormía a pierna suelta. Un hilillo de baba le asomaba por la comisura de su adorable sonrisa haciendo brotar pequeñas burbujas de saliva con cada respiración. Meditó durante unos segundos muy seriamente moverse con sigilo, alargar el brazo hasta la mesilla de noche y alcanzar el móvil para revisarlo y salir de dudas. La posibilidad de ser descubierta era demasiado alta así que en lugar de eso acercó sus pies fríos a la pantorrilla de su marido con la esperanza que el contacto gélido le sobresaltase y le fastidiase el sueño. Con un poco de suerte el insomnio compartido les llevaría a retozar como colegiales. Apretó los dientes y esbozó una mueca de incredulidad… “ni tú te lo crees, chata”.

Cenicienta y el Príncipe Encantador ya casi ni hablaban. Donde hubo un zapato de cristal ahora él veía un juanete con olor a queso japonés. Ella, sin embargo, seguía encontrándole irresistible pese a su aerofagia, sus pelos en las orejas, sus almorranas azuladas, su tendencia a dejar la tapa levantada y a mirar escotes ajenos.

Le quería, todos estos años juntos había estado perdidamente loca por él. Su psiquiatra le dijo una vez que todo formaba parte de un hechizo del Hada Madrina que era súper numeraria del Opus Dei… y no soportaba que su ahijada sintiese deseo libidinoso por un fetichista de los pies con el que no estaba casada. Pero ella sabía que el motivo era otro. Le vio en el “¡Hola!” mientras usaba sus páginas para que sus hermanastras no pisaran el suelo recién fregado y se enamoró. Luego llegó el baile, la calabaza y todo lo demás era un cuento de hadas que duraba ya cientos de años. Tal vez demasiados.

Él, por su parte, soñaba una noche más con aquella fiesta de viejas glorias de Disney donde había conocido a La Sirenita.

– “Encanto, ¿cómo es posible que nunca me hayas pasado tu número de teléfono? Es imperdonable que no me tengas… en tus contactos…”

Aquella sonrisa lasciva de Ariel diciéndole inequívocamente entrelíneas lo fácil que sería poseerla le había alterado más de lo que imaginaba. Se descubrió fascinado por su melena roja, observando sin tapujos su bikini de conchas que apenas cubría los pezones y fantaseando con el misterio que se ocultaba en la cubitera gigante donde estaba sentada la princesa de los siete mares.

Desde el otro lado de la sala, Ulises le guiñó un ojo mientras mascullaba a Telémaco “mira hijo, otro que pica el anzuelo…”.

Esa misma noche intercambiaron teléfonos e iniciaron durante meses largos chats clandestinos por whatsapp, alternándolos con partidas de Apalabrados para no despertar sospechas. No faltaban en esos mensajes las referencias a jacuzzis, los dobles sentidos sobre lo excitante que era ver desovar a los salmones contracorriente o las gustosas paellas de mar y montaña en Castellón.

– “¿Sabes, Ariel? me encanta comer sushi… lo del pescado crudo es una pasión…” – tecleó nervioso antes de acostarse aquella noche, añadiendo un emoticono de la bandera de Japón y otro de una sonrisa con un guiño y lengua fuera.

Dejó el móvil en la mesilla esperando el doble acuse de recibo que no llegaba. Se quedó dormido pensando que tal vez su Sirenita estaba en un cóctel “bajo del mar” con el Príncipe Eric y no tenía cobertura.

Bip bip. La esperada e indiscreta respuesta llegó pasadas las dos de la madrugada.

“- Ya sabes que a mí se me da de maravilla eso de morder la cola de la pescadilla sin hacer daño.” – escribió la pelirroja encerrada en el baño mientras su marido se ponía el pijama en la habitación. Añadió un “besis” y un emoticono risueño.

Cenicienta seguiría unos meses más viviendo en la ignorancia de los ojos que no ven y del corazón que sí siente. Se acurrucaría noche tras noche junto a su príncipe encantador y se quedaría dormida aspirando su fragancia varonil. Hasta que un día todo explotaría. Y su desaparición, como sucedió en Hiroshima y Nagasaki, haría que su ausencia se perpetuase como una silueta, una sombra impresa para siempre en las sábanas de aquella cama. Porque los cuentos nunca explican que, al parecer, lo de comer perdices tiene letra pequeña… por suerte para la industria de antidepresivos.

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