No hay una sola vez que, al llegar a la esquina donde nos despedimos en 1976, no aguante la respiración esperando verte ahí.

– “¿Qué vida le vas a dar a tus hijos?”
Eso fue lo que me dijo el padre Vicente aquel Domingo cuando, arrodillada y entre lágrimas, le confesé que iba a dejarlo todo y huir contigo. Tenía entonces cuarenta años, tres niños pequeños y mucho miedo. Eran otros tiempos. Tú me esperabas a la salida de misa con la maleta en la mano. No hicieron falta palabras, me miraste hasta el fondo del alma, me acariciaste la mejilla, diste media vuelta y no volví a verte. Me lo pusiste fácil, como siempre.

Ahora que mi marido y el párroco crían malvas ya no vengo a la iglesia en busca de consejo. Tampoco espero encontrar aquí absolución ni consuelo. No lo hay para mi herida. Los niños crecieron y ya tengo nietas que tienen la edad que teníamos tú y yo cuando nos conocimos.

Cuando vengo a misa a veces rezo por ellos pero mayormente lo hago para agradecer lo que en su momento pensé que sería mi condena al infierno: Tú. Que llegaste como aparecen casi todas las cosas buenas: de repente y sin avisar. Que me inundaste con tu luz maravillosa, cálida y confortable. Aprendí que amar así me hacía ver las cosas de una forma más nítida. Que desde que te conocí el mundo era un sitio mejor porque estabas allí, a mi lado, dándole sentido incluso a lo malo. Contigo podía ser yo misma, con mis sensiblerías y mis tonterías. Con mis pensamientos y mis deseos. Nadie me conocía tanto, nadie me aceptaba tal como era y, por supuesto, nadie me ha amado como lo hiciste tú. Eras capaz de leer en mi interior, de descifrar todos y cada uno de mis códigos secretos.

Poco queda (aunque en realidad todo) de aquella mujer que amabas. Ya me ves, encogida, cada vez menos femenina, medio sorda y huraña. Pero sigo siendo una romántica que habla contigo y contiene el aliento cada vez que pasa por este callejón anhelando encontrar aquella sonrisa tuya que una noche, abrazada a tu cuerpo, nombré patrimonio inmaterial de la humanidad.

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