– “Mírales” -me susurras señalando a la pareja que baila a unos metros de donde estamos.

– “Ella no es de aquí, vive lejos” -te respondo.
– “Él fue a buscarla, nervioso e ilusionado, al aeropuerto hace unos días.” – me dices.

Sabes que adoro cuando me sigues el juego e improvisamos historias sobre personas o lugares.

Llevan días recorriendo sus rincones favoritos: de sus cuerpos y de la ciudad. Esta semana Ella se ha atrevido por fin a decirle que se imaginaba viviendo aquí, siempre. Y a Él le ha parecido normal cuando Ella ha hecho planes en plural sobre las reformas en su casa.

– “Mírales” -vuelves a decirme.
– “Sí… Hoy es una de esas noches” – te respondo acongojada.

Las últimas noches antes de volver cada uno a sus vidas siempre son difíciles para Ella.

– “Y para Él” -añades-“no le ha dicho nada pero la ha descubierto dejando sobres escondidos por la casa para que los encuentre cuando se haya ido”.

Es cierto. No ha querido romper la sorpresa pero pensaba en ello cuando paseaban de camino a Montjuic acariciándose las manos. Luego ha venido el ataque de risa de Ella mientras comía un helado de uno de esos puestos ambulantes…y él le ha hecho fotos y ha pensado en lo adorable que es el gesto de su cara cuando estalla en carcajadas. Y en que cuando le mira así suenan todos los ríos en su cuerpo.

Al llegar, Ella ha abierto mucho los ojos al ver bailar el agua de la fuente. Y Él ha reído y le ha dicho cosas bonitas en el oído todo el tiempo mientras la gente les sonreía.

-“Bailemos” -le ha pedido en un arrebato. Inmediatamente se ha arrepentido porque en todos estos años nunca han bailado. A Él no le gusta, dice que no se le da bien.

-“Pues mírales, ahí están” -me dices sonriendo -“¿y sabes porqué?”
– “No.” -te respondo con un nudo en la garganta.

Porque hace años llegó Ella. Y todo ha cambiado desde entonces. Él ya no necesita dormir para soñar ni aprender a bailar si va de su mano.

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