Salió de casa dispuesto a hacer la prueba.

Jamás había aparecido, nunca se habían conocido una fría noche de invierno. Y caminó saboreando lo que habría sido de su vida en los últimos tiempos sin su sonrisa estética, su tiquismiquismo con las palabras, su chicle en la boca, su entrega, su amor incondicional, su angustia, sus cicatrices, su maravilloso sentido del humor, su paciencia, su generosidad, su forma de amar a los que le rodean, de darse a los demás. Su empeño en llenar su vida intentando hacer que lo que les duele y les separa desaparezca.

Paso a paso la sensación de libertad se acrecentaba al sentir las vidas que no había vivido y las que probablemente tampoco viviría. Tal vez en alguna puerta de un colegio le esperaría uno o más hijos que nunca tendría, una mujer experta en guisos riojanos, un libro a medio escribir, eterno erudito en ciernes, una colección de viajes, un puñado de sinsabores rutinarios, de complicidades ajenas en varios idiomas, de cuerpos secuestrados en la parábola gimiente que precede al espasmo. Al girar la cabeza allí seguía, su sombra siempre leal (malabarista casquivana de las siluetas imposibles) silenciosa, insomne, siempre en busca de luz, sin una palabra, ni una lágrima, ni una herida de más.

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