Recuerdo la primera vez que nos vimos: estabas riendo y me pareció que alguien que reía de esa manera tenía que vivir la vida intensamente. Cruzamos un par de miradas y me lanzaste esa sonrisa de medio lado que aún hoy no he podido olvidar. Esa sonrisa tuya que llegó a significarlo todo.

Recuerdo nuestra primera cita, fuimos a ver la exposición de aquel fotógrafo que tú ya habrás olvidado y a mí aún me apasiona. Cenamos y al salir nos sentamos muy juntos en aquel banco, testigo de nuestra primera noche de susurros, miradas y promesas eternas. En aquel banco nos regalamos los primeros besos, caricias y abrazos previos a acabar enredados en tu cama. Recuerdo todo lo que sentí entonces: la certeza de haber encontrado lo que llevaba buscando tanto tiempo, la seguridad de haber espantado la soledad que me rondaba, disipando esa bruma en la que estaba inmersa y a la que había terminado por acostumbrarme.

Luego llegó tu primera ausencia.

También la recuerdo bien. La punzada de dolor, el miedo a perderte, no querer ver que era la primera fisura en nuestra historia. Recuerdo las primeras lágrimas. Después llegarían muchas más, pero las que más duelen siempre son las primeras. Yo que me había prometido no llorar por nadie, lo hice en silencio, acurrucada como si al hacerlo se empequeñeciera conmigo el dolor. Recuerdo tu despedida. La sensación tan brutal de abandono, de pérdida, de desgarro. Tus ojos oscuros evitando mirarme fijamente para que no viera en ellos lástima. Y después volvió la bruma.

Me invadió de una forma brusca, casi violenta. Llenó todos mis rincones, hasta el último pliegue de mi piel, recordándome que volvía a estar sola e incompleta. Recuerdo los meses de dolor y tristeza pero no recuerdo cómo fue que el tiempo consiguió arrancarte de mi sangre. Aún así a veces te echo de menos y salgo a pasear siempre con el mismo destino. Mi rincón para recordar. Lo más parecido a una lápida donde llevar flores a lo que fuimos es este banco y la triste sospecha que en mi geografía siempre habrá esa bruma que sólo tú sabías despejar.

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