La Mercè 2020

La Mercè 2020

De pequeña fui una niña muy fantasiosa. En mi imaginario más íntimo creaba auténticas sagas, leyendas y crónicas de un mundo que al crecer ha ido desdibujándose. Por ejemplo creía que las Fiestas de la Mercè (con sus sardanas, correfocs, gegants y castells) eran parte de un ritual mágico muy antiguo. Y que, gracias a las vibraciones provocadas por sus danzas y ritmos atávicos, algo se movía en la tierra y así se cumplía el ciclo que acababa con el verano. Sin todo aquello (fabulaba mi yo infantil) el asfixiante verano no se iría nunca… y no habría “la castañada” ni la caída de hojas, ni los panallets, ni las narices rojas por el frío y sobretodo: no vendría ni mi cumpleaños ni Navidad.

Si pudiera viajar en el tiempo y hablarle a mi yo de principios de los 80s del cambio climático… le contaría que, 40 años después, el otoño ya no es época de castañas. Probablemente mi yo pequeño lo interpretaría como una derrota: el verano nos ha ganado la batalla. Y, sabiamente, con su lógica fantasiosa habría entendido que si el calor se apoderaba del ciclo de las estaciones… llegaría un día en que (como venganza) el verano habría conseguido que la Mercè no se celebrara.

Tampoco habría lágrimas de Santa Eulalia el año del COVID. Pero eso no se lo diría a mi yo infantil. De niña me fascinaba que Santa Eulalia (la primera patrona de Barcelona) llorase cada año el día de la Mercè. Contaban que lo hacia porque los barceloneses habían nombrado una segunda patrona. Por eso la lluvia todos los 24 de septiembre no era por culpa del Otoño: eran lágrimas de pena de Santa Eulalia… que de paso le deslucía el día a su rival. Yo imaginaba a la santa con una sonrisa de medio lado y diciendo “uy! ¿llueve, Merche? Pues te jodes, esquirola”.

Aún así, las dos santas patronas suelen llegar a un pacto para que por la noche pueda hacerse el espectáculo de fuegos artificiales en la Font Màgica de Montjuic. Justo en el lugar donde está tomada esta foto. A mi yo de hace 40 años le gustará saber que seguimos viendo el espectáculo pirotécnico desde nuestra pequeña atalaya del Poble Sec.

El Sembrador de Recuerdos

El Sembrador de Recuerdos

Esta mañana, aunque hacía sol y es casi fin de semana, me sentía infinitamente triste. Era una de esas veces que haces un esfuerzo por nadar contra la corriente pero no sabes con certeza si vas a poder llegar a alguna orilla o morirás ahogada.

Y entonces, al girar el pasillo, le he visto. Las leyendas mesoamericanas le llamaban “Tlaltecuhtli”, las sagas escandinavas “Munin” y los griegos le cambiaron de sexo y la llamaron “Mnemosine”. Sin embargo, cuando hace años me presentaron a aquel hombrecillo de traje oscuro le llamaron de otra forma.

– “Emilia, te presento al Sembrador de Recuerdos.”
Sin tiempo para reaccionar me encontré la mano de aquel hombre sosteniendo la mía y dedicándome una sonrisa encantadora.
– “Soy el Sembrador de Recuerdos.”
Hizo un gesto con los hombros como queriendo decirme “qué le voy a hacer” y se alejó unos pasos. Al darle la espalda recordé todo.

Porque así es como actúa el sembrador de recuerdos, por la espalda, a traición. Se dedica a observar a una persona desde atrás, desde una posición donde es vulnerable y en la que no puede defenderse. Y, como si fuera un cartero repartiendo sobres, deja caer una a una las semillas de los recuerdos. Las introduce por la nuca, como si conociera una ranura invisible que comunica directamente con el tuétano. Y con suerte, las semillas se hacen sólidas y el recuerdo se te mete en los huesos para el resto de la vida.

No sabe nunca (y no quiere saberlo) la cara de su víctima. Tampoco sabe si las semillas que acabarán germinando serán los buenos o los malos recuerdos. Le da igual. No es asunto suyo. Su misión es otra.

Hoy he vuelto a encontrarme con el Sembrador de Recuerdos.

Me hubiera gustado saber su opinión de experto sobre qué responsabilidad tengo en las malas hierbas que crecen en el recuerdo que he dejado en otras personas. Pero no me ha visto, me daba la espalda. Me pregunto qué cara pondrá cuando germine en su mente el recuerdo de mi aliento en su nuca y el click de la cámara al hacerle la foto

Serenidad

Serenidad

Si tuviera que hacer la redacción escolar de cada año sobre “mis vacaciones” empezaría diciendo que este no es el verano que imaginé. Tampoco sabría con qué quedarme. Quizá con algunas charlas legañosas por la mañana. Con muchos mensajes y conversaciones que mantengo a diario con la gente que quiero. Algunas empiezan cuando aún tengo puesta mi mirada borrosa de cegata insomne y siguen durante los desayunos de “pà amb tomàquet” y Cacaolat frío…. y acaban en buenas noches.

Podría redactar crónicas de pequeños desastres y grandes risas. Describir el contraste de paisajes que me llegan desde el azul del mar siciliano al Norte siempre fresco y esperándome. Detallar mi nostalgia de mar y de agua, de aeropuertos y maletas. De palabras, reencuentros y besos.

No, no es el verano que intuí que sería. Ni este es el sitio perfecto y acogedor desde el que iba a fotografiar la playa con una manta de estrellas besando suavemente el agua. Pero tengo unas cuantas fotos en las que miro de frente tras mis gafas de sol con una sonrisa que reconozco como mía pero que en realidad es de quien la inspira.

No, este no es el verano planeado ni he vuelto a ver luciérnagas. Pero mi risa nace desde dentro y la calma envuelve mi voz. Quizá porque tengo un buen puñado de conversaciones divertidas, profundas, tiernas. También hay abismos, ausencias, injusticias, tristezas y desgarros. Pero aún tengo ganas de morder la vida por los bordes y en el centro. Siento una extraña seguridad, como si la serenidad, el afecto, la alegría fueran conceptos infinitos que llevaba dentro y ahora se despliegan ante mí y abrigan al que se acerca. Y es un modo de celebrar(me) todos los días, sin prisa, sin miedo.

Y pase lo que pase, estoy haciendo lo correcto. El mundo quizá está en ruinas, lleno de egoístas, de locos… pero yo sigo queriendo, cuidando, compartiendo, acompañando, protegiendo, respetando, escuchando. Paciente. En calma.

Me quedo con todo eso y lo escribo aquí para no olvidarlo.

A ras de cielo

A ras de cielo

“Una cosa más”- así acaba tu último mensaje- “mi amor, hace tiempo que no publicas nada”.

Me dices eso Tú, la persona que más palabras mías tiene a diario. Las escritas de frente y las clandestinas. Las susurradas al teléfono, las reídas (y lloradas) en videoconferencia, las palabras pegadas entre líneas, las derramadas entre mis dedos y las tatuadas en las pecas de mis labios.

Me cuesta escribir últimamente, tienes razón. Mantengo esa dulce serenidad confinada -un poco apática- de la que te he hablado últimamente. Me he hecho más adulta de lo que creía y no precisamente por cómo las tetas van sucumbiendo a las leyes de la gravedad… sino porque he dejado el melodrama para las películas. Y he aprendido que no hay mayor paz que la que consigo darme a mí misma. Qué triunfo. Qué fuerza.

No, no me he tragado un frasco de Amorosín y mantengo mi alergia a Coelho. Mi calma serena no es sinónimo de período feliz. Hay sufrimiento y miserias en el mundo y echo de menos la otra placidez, aquella de la ingenua invulnerabilidad del vuelo de las luciérnagas de mi infancia. También añoro la paz de la risa y las voces de mis ausentes.

Y sí, echo de menos los aviones, los calendarios cargados de fechas marcadas con tu nombre, los mordiscos impacientes de ese futuro de besos, carcajadas, abrazos, y más sexo del confesable pero menos del necesario. Sí, ahora mismo he conseguido sonrojarte como hago en esos silencios cuando nos dibujamos con los dedos las facciones, comemos chocolatinas, nos hablamos en voz baja, dormitamos y amueblamos esa casa en el fin del mundo que un día quizá nos pertenezca. A ti y a mi.

Me emocionan los años siendo capaz de contarte lo que no le dije nunca a nadie. Y esos “joder qué preciosa eres” sin importar ojeras, greñas, si es recién salida de la ducha o con la luz legañosa y el aliento tóxico al despertar. Y coleccionar charquitos que te recuerden que el cielo me recuerda a ti y hay cielo en todas partes. Y es que en esta ciudad hay cielo incluso a ras de suelo.

Querida K.

Querida K.

Querida K,

Hace unos días decidí adoptarte. Llegaste a mi por un anuncio en facebook que compartió una conocida. Era una llamada de una protectora para buscarte un hogar y algo dentro de mí se conmovió al verte. Quizá fue tu cara, sus ojos legañosos o ese rabito corto que me recordó a la gata con la que conviví 17 años… Pasé un día madurando la decisión y lo que supondría hacerme responsable de ti. Y decidí dar el paso.

Te llaman F. aunque para mi eres K. desde la primera vez que te vi y fantaseé contigo trotando por casa. Necesitas un hogar y yo me ofrecí a cuidarte y quererte. Trámites veterinarios al margen, ese debía ser el fin de la ecuación que te sacara de la jaula de la protectora y nos llevara compartir camino. Ilusa de mí.

Las personas de la protectora que te cuidan siempre han sido cordiales en su trato conmigo. El primer contacto fue rápido, casi inmediato. Antes de cualquier otra cosa supe que me costaría “acogerte” 130 €. Sí, fue un poco decepcionante que de lo primero me hablasen fuera de dinero y no de ti. De cómo eres. Cuál es tu historia. Cómo estás. Supongo que deben estar hartos de gente que cree que acoger un animal de una protectora es gratis.

No le di más importancia. Me detallaron los gastos veterinarios, que tenía que firmar tu esterilización obligatoria y la implantación de tu chip… lo de la eugenesia obligatoria me supone cierto escrúpulo moral (¿debo adoptarte sólo si me comprometo a esterilizarte?) pero no puse problemas. Quería cuidar de ti, flacucha blanquinegra. Los pocos que sabían que estaba iniciando el trámite de acogida ya se interesaban por ti.

Acepté rellenar un cuestionario que recibí por e-mail y en el que se preguntaba información personal sobre mí. Además de datos como dirección o mi dni había preguntas sobre mi vida (¿tienes hijos?¿vas a tenerlos?). Lo de la ley de protección de datos brillaba por su ausencia, es más: el word que me enviaron con el formulario contenía los datos privados de otra persona que (deduzco) había adoptado con tu protectora antes que yo.

Aún así, continué el proceso: una protectora no es una empresa, seré tolerante con sus errores aunque los considere graves. Y sobretodo, quería tu bienestar a mi lado. Respondí al cuestionario que valoraría mi “idoneidad” como tu “madre de acogida”. Porque primero te tendría en acogida y más tarde tu tutela plena (adopción). Quién o bajo qué criterios se valoraría mi idoneidad para cuidarte es algo que no sé.

Entregado el formulario sobre mis capacidades como persona llegaba el momento de valorar mi casa como entorno adecuado para ti. En circunstancias normales, una persona de la protectora habría venido a casa y analizado la adecuación de mi vivienda. Sí, yo decido responder a la llamada de tu protectora para rescatarte y la protectora se mete en casa a ver cómo la tengo.

Pero con el Covid no vendrían, todo se haría por video. Así que grabé videos de mi casa, mi salida a la terraza, las ventanas interiores y exteriores y los envié aún sabiendo que quien las recibía eran las mismas personas que reutilizaban words con datos confidenciales. No importaba, mi voluntad de acogerte seguía siendo tan fuerte que aceptaba cosas que en otras esferas de mi vida no habría tolerado.

Enviados los videos la protectora me informó que debería instalar mallas metálicas de rejilla que cubrieran todo mi balcón. Yo ya planeaba colocar mosquiteras cubriendo la baranda pero la protectora me dijo que eso sería insuficiente y me reenviaron un video. Me pedían instalar una malla de techo a suelo a lo largo de toda la superficie de mi terraza. Esa era una condición de seguridad obligatoria, convertir mi balcón en una gatera para evitar que tú te suicidaras saltando desde el balcón.

Aunque no se considere “obra”, una actuación de este tipo en las zonas comunes (como es la fachada y el balcón) requeriría aprobación de la comunidad. “La gente tenemos gatos sin convertir el balcón en una puta portería de fútbol”. “Con el Covid las reuniones de la comunidad de propietarios se han aplazado hasta septiembre”.

Tres meses. Tres meses para someter a votación si podía poner una malla de reja metálica tipo mosquitera permanentemente en mi terraza durante los años que vivieras conmigo. O si yo fuese a mala fe, durante el proceso de tu acogida y adopción y luego la quitaría. Tres meses. Mientras yo hacía todo el proceso tú, mi pequeña gata de un mes y una semana, seguirías viviendo y creciendo en un refugio de una protectora.

Envié un largo mail a la protectora explicando la imposibilidad de instalar lo que se me exigía. Y recibí una respuesta ambigua donde se me decía que era una absoluta pena pero que las protecciones forman parte del protocolo de adopción. Tu futuro no está conmigo, querida K.

No es fácil dejarte ir. Pero es lo segundo más generoso que puedo hacer por ti. Lo primero habría sido compartir vida juntas. Ahora toca que me deje de acongojar escuchar maullidos o ver videos de gatitos. Pasar el duelo. Y no, no voy a ir a la caza de un cachorro gatuno. Esto iba sobre ti. No sé qué futuro te espera, probablemente (o eso espero) una casa sin balcón, o donde la terraza sea una jaula que se ajuste a los protocolos de seguridad. Ojalá tengas una buena vida llena de ronroneos. Ojalá.

Los 19 de Junio

Los 19 de Junio

Al parecer llevo seis años publicando una foto en redes sociales todos los 19 de Junio (hay años que incluso dos) y escribiendo un texto que las arrope. Aunque en realidad, la fotografía siempre ha sido para mí una coartada para llenar las imágenes de palabras.


Hace días que me planteo volver escribir un diario. Los mismos en que me acuesto pensando irracionalmente que quizás, al día siguiente, puede que no me despierte. Y se me agolpan las ganas de contar cosas, evocar recuerdos, obligarme a dejar testimonio de estos días, de este tiempo en el que soy consciente de estar serena y donde la estabilidad es una felicidad de la que no siempre nos damos por enterados.

No, no pretendo dejar testamento, ni enseñanzas, ni instrucciones. Tal vez trazar señales luminosas para cuando llegue la niebla del tiempo, las ausencias o simplemente haya terminado esta pupación que no somos conscientes de estar viviendo.

Quiero cruzar al otro lado, el del espejo de mis charquitos luminosos y recorrer ese mundo a mis pies. Quiero que al pisar ese suelo líquido, el reflejo del espejo de mis palabras no tiemble ni se desvanezca. Quiero dejar pistas que (me) expliquen lo que me rodea, que (me) recuerden estos pasos, de dónde vienen estas cicatrices, a qué sabe esta serenidad.

Quiero tener en mis palabras esas otras manos, otras bocas, otros ojos, otros ya-tu-sabes, otros sueños que me faltan a diario. Y a través de mi forma de explicar secretos, gritar sin alzar la voz, mentir diciendo grandes verdades, lavarme el corazón sin dejar de ensuciarlo cuando sea necesario. Y contar la íntima y feliz congoja de una tarde de Junio viendo llover flores sobre una niña (la que fui, la que no tendré) en Sant Felip Neri. Escribir de los charquitos del Born, los silencios del Gòtic, las voces de los que quiero, siempre cerca incluso los que están lejos.

“Quiero dejar Amor por escrito porque con una sola vida a veces (siento que) no me basta.”

Esa es la nota en la cápsula del tiempo que (me) dejo para el próximo 19 de Junio… eso y si he cumplido mi sueño de volver a ver luciérnagas

error: Alerta: Contenido protegido. Si necesita algún texto o fotografía contacte con www.emiliagalindo.com