Recuerdos líquidos

Recuerdos líquidos

Hacer magia de y con lo cotidiano. Los mayores de mi familia tenían un doctorado en eso cuando yo era pequeña. Quizá ellos no eran conscientes de ese súperpoder y tal vez es mi yo adulto quien le esté dando nombre a esos recuerdos líquidos.

Te los escribo para no olvidarme de ellos y también para que, si me lees y estás en disposición de sembrar momentos luminosos, tú también lo hagas. Así, en el futuro, la sombra y los frutos que nacerán de esas raíces seguirán dando vida y compañía. Y arrancando sonrisas.

Los que me conocen saben que los veranos han sido una época difícil para mí. La cigüeña debió enviarme al (Polo)Norte pero acabé en este mediterráneo no muy apropiado para quien tiene el termostato roto.

Por eso las guerras de agua en la casa de Montserrat eran uno de mis juegos favoritos de infancia. Por muchos motivos. El primero porque eran acontecimientos espontáneos. No había planes, ésa era parte de la magia.

De repente -por ejemplo- mi padre, que regaba los rosales o las tomateras con sus pantalones cortos y la bartola despreocupadamente al aire, cogía la manguera y nos mojaba a los niños. Era fácil entender por su cara de pillo que podíamos hacerle lo mismo.

No sé si había algún código o acuerdo entre ellos o si simplemente en la euforia de las vacaciones y por el efecto de nuestras risas, el resto de los adultos se unían inesperadamente a aquella guerra de agua.

Y eso era Magia. Las miradas de mis padres y mis tíos dejaban de ser las de los adultos responsables y brillaba en ellas la felicidad de quien vuelve a hacer chiquilladas. Ahí estaba mi madre (o mi tía) llenando un barreño en el lavadero. Mi tío (como mi padre) sirviéndose de otra manguera -al final ellos tenían la “artillería” pesada en su poder- mientras nosotros, los niños, corríamos perseguidos por ellos alrededor de la casa.

Y mira que era un deporte de riesgo evitar los resbalones al pisar el mármol o el gres con nuestras cangrejeras de goma. Pero el premio de sorprender a alguno de los mayores y mojarle con una jarra de plástico o un cubo… eso hacía que valiera la pena cualquier riesgo.

Recuerdo la felicidad de jugar todos juntos. Grandes y pequeños. Juntos. Empapados más de aquella alegría única y genuina que de agua. O quizás de ambas cosas.

Me recuerdo fresca, como si aquella capa líquida y lúdica me impermeabilizara contra el calor. Y entonces, estando así, mi vida era mejor: por las sonrisas y los recuerdos de la batalla pero también por el pragmatismo para mí que suponía estar en condiciones de bajar al huerto a pleno sol y que mi tío arrancara un tomate de la mata y me lo ofreciera. Lavado con la manguera, abierto por la mitad y aderezado con un pellizco de sal. Manjar de dioses.

Nunca me han vuelto a oler y a saber así los tomates. Es un sabor que asocio al tiempo en que mis mayores sembraban (con extrema sencillez e ingredientes cotidianos) recuerdos tan luminosos como las luciérnagas de mi infancia que aún busco reencontrar.

Por eso si me lees y puedes… comparte tiempo con quien quieres. El verano es una buena época para hacerlo.

A todos los que lo hicieron, hacen y harán: gracias.
Os quiero. Seguís dándome Luz.

Papirofobia y otras heridas

Papirofobia y otras heridas

-“Míralo, ya está aquí.” -te digo.

Como cada mañana, se detiene en la antigua papelería junto a la catedral y observa el escaparate sin prestar atención ni a los preciosos cuadernos ni a la variada oferta de papeles de los más diversos gramajes. Sólo reacciona, con un mal disimulado gesto de sobresalto (o quizás sea una mueca de dolor), cuando su mirada encuentra las cajas de cartón. Entonces murmura algo y se marcha calle abajo a hacer lo que sea que haga con su vida.

-“¿Y viene cada día?” -preguntas. Asiento con la cabeza y te explico las diferentes teorías que corren por el barrio sobre el misterioso hombre que se asusta de las cajas de cartón. Dicen que fue frente a una de ellas cuando se dio cuenta que todo había acabado. Acababa de dejarle y estaba solo en casa llenado una caja con las cosas que Ella no se había querido llevar. Fue entonces cuando sintió la congoja atenazando su cuerpo, como una hiedra invisible y traicionera queriendo dejarle sin aliento. Y supo, como se tiene certeza de algunas cosas, que jamás olvidaría aquella imagen suya sosteniendo una caja de cartón.

Desde entonces las odia pero a la vez no deja de buscarlas. Le traen el eco de una etapa que aún se cierra, de una pérdida, una despedida. Sabe bien que las cajas sólo sirven para meter en ellas lo que no vamos a utilizar en un tiempo, o las pertenencias de alguien que no está y en muchas ocasiones son cosas que nos hieren. A veces las guardamos a toda velocidad, para no sentir demasiado el peso y el dolor que conlleva ese momento. En otras ocasiones las usamos para acumular lo que nos da miedo tirar y que ya no necesitamos ni necesitaremos. Y convertimos los altillos de nuestra vida en una colección de cajas de cartón repletas de ausencias, de inutilidades, de pesadas cargas.

Cada mañana el escaparate le recuerda a aquella caja que tuvo que cerrar. Y que aún le duele. Y no puede hacer nada más que dejarla doler. Bueno sí, sentir el ilusorio alivio de poder escapar, calle abajo, del tiempo en que aún le importaban las cosas de la polvorienta herida de su altillo.

Quiero llevarte a un sitio

Quiero llevarte a un sitio

-“Quiero llevarte a un sitio.”

En realidad, pienso mientras seguimos caminando, quiero llevarte a muchos sitios. A todos los países que seamos capaces de imaginar, los que existen en los Atlas y a esos otros cuya geografía de besos y caricias llevamos tiempo cartografiando Tú y yo.

Geografía e Historias que me encanta recrear pegada a ti. Recordar todos los pasos que tuvimos que dar hasta conocernos. Me gusta esa tendencia nuestra a recrearnos en cómo empezó todo: lo rocambolesco de nuestro primer encuentro, la complicidad inmediata y lo natural que fue besarnos en la puerta del hotel. He perdido la cuenta de los besos que han venido desde entonces, como también de las miles de llamadas, mensajes y fotos con las que combatimos esperas y distancias. Poder abrazarte cuando lo necesitas, sentir tu respiración cuando te pegas a mí y acariciarte el pelo sin prisa. Poder enseñarnos todas esas cosas de las que nos hablamos durante el día a día, incluyendo las cicatrices. Ver tu sonrisa al pedirme que me abrigue si hace frío o al preguntarme si no tengo calor cuando crees que voy demasiado abrigada. Yo y mi termostato corporal estropeado que uso como excusa para acercarme a ti y respirar tu aroma mientras pienso que quiero que vueles, que rías, que cuentes conmigo. Llorar contigo cuando toque, sostenerte, acompañarte en las ganas, el aliento y la calma.

-“Quiero llevarte a un sitio.” -repito.

Y también quiero tormentas contigo. Y viajes. Supermercados. Vuelos. Música. Sexo. Películas malas de esas que hacen buenas las mantas. Luciérnagas como las de mi infancia. Tarifa plana de mimos a cascoporro. Y que me cuides como haces, oliendo a recién hecho. Porque Tú eres casa.

Lunes de Abril

Lunes de Abril

Ayer fue Lunes y volvimos a soñarnos. Yo te esperaba sentada en nuestro banco mientras tu voz, llegada de quién sabe dónde, me decía socarrona que se han dado casos de personas que se las ha tragado la Niebla. Yo abría mucho los ojos intentando verte mientras tú seguías contándome historias de la Dama Blanca del Norte. Ésa que te secuestra, como Tú, beso a beso.

-“El primero” -añadías mientras casi podía sentir tus labios- “siempre es una sutil punzada en la muñeca. Después en el antebrazo, en la clavícula, en los hombros, en el cuello y cuando llega aquí… ya no tienes escapatoria.”

Tus Besos. A ciegas.

Quizás nunca te he dicho (aún) que adoro besarte. Que cuando lo hago es como si nunca hubiese pasado nada más hermoso que eso. Como si nunca hubiésemos sufrido la tormenta. Como si nadie hubiese muerto. Ni perdido nunca nada. Tampoco hay nadie viviendo solo ni enfermos del cuerpo ni del alma.

En ese momento del sueño tú me mirabas así, justo así, y yo sabía lo que tenía que hacer: cuidarte el corazón en lugar de comérmelo a mordiscos y por supuesto dormir en la misma habitación todas las noches. Besarte los párpados cuando tienes fiebre y emocionarme cuando me susurras esos mensajes que llevo años escribiéndote en la piel de tu espalda con la yema de mis dedos.

Creo que después de los besos largos, lentos, venían otros más rápidos, no estoy segura. Pero sé que mi lengua buscaba tu corazón en la boca y lamía tus labios y todas las cicatrices para no dejar rastro de cualquier tipo de dolor.

Ayer fue Lunes y volvimos a soñarnos. No me dio tiempo en el sueño de hablarte del dolor que siento cuando pierdo a alguien. O cuando sé que llega una despedida no deseada de forma inminente. Tampoco te pude contar de aquella vez que me olvidé de mí durante casi cuarenta años. Ni las veces que he llorado ni que mis ojos ya no pueden satisfacer mi adicción a la lectura. Es cierto que tampoco tú me hablaste de esas cosquillas que crees secretas pero que llevo años planeando atacar sin piedad para emborracharme con tu risa limpia.

Los sueños furtivos de los lunes siempre se nos quedan cortos. Y cuando me despierto se me atragantan las sílabas que no he pronunciado, las ganas de protegerte, de decirte “te adoro”, de oir tu voz ronca diciéndome “quédate” . Y se me enrojece un poco más el corazón, quizá por ir cargado con todas mis inseguridades y mis defectos aunque lo más probable es que sea porque le ruboriza la gran certeza que siente en cada latido. Esa que tiene tu Nombre.

Luz de Invierno (I)

Luz de Invierno (I)

Un día de estos le diré algo. Aún no sé cuál será mi primera palabra ni tampoco cuál será el mejor momento; es más, no sé si hay un buen momento para estas cosas.

Con los años hemos acabado convirtiendo en algo natural esa manía suya de contarme cosas mientras prepara, imagina, compone o me dispara. Una parte de ella, eso sí, aún sigue siendo consciente que no deja de ser una cuarentona hablándole a una máquina o, lo que es peor, hablando sola. Por eso suele ponerse los auriculares del móvil para que parezca que habla por teléfono con alguien. En el fondo me da ternurita.

Esta loca le ha contado tantas cosas a esta vieja cámara que podría escribir suculentos capítulos de su biografía. Conozco, como si fuera una de sus amantes, algunos de sus tics y rituales más íntimos. Sus pulsiones y sus pasiones. Qué le gusta, cómo le gusta. Y por supuesto qué pasa por su mente cuando se tira al suelo y adopta posiciones extrañas en busca de algo que ha intuido ser capaz de capturar.

Conozco el sabor lúbrico de esos “venga nena” (no sé si dirigidos a mí o a ella misma), los jadeantes “sí, sí” que le enrojecería escuchar fuera de ese contexto. Y por supuesto el temblor en sus manos cuando me sostiene y revisa, aguantando la respiración, la foto aún ardiente que acabamos de disparar.

Sí, en plural. Acabamos. Ella y yo.

Llega un momento en que siento que somos una sola cosa, que me ha convertido en un apéndice suyo, que soy sus batallas perdidas contra la córnea, su corazón coraza. Quizás por eso le dejo equivocarse y acertar cuando me recorre (sin saber bien qué coño está haciendo en la mayoría de ocasiones) persiguiendo ese sueño suyo de capturar la épica de lo cotidiano.

Y a veces, en esos intentos, consigue atrapar algo que ni ella sabía que buscaba: la Belleza.

Agujeros negros

Agujeros negros

Cuando robo una foto suelo hacer mío a quien aparece en ella. Es inevitable. Les esbozo una historia, cuido sus heridas, les trato con cariño y respeto. E inmediatamente se convierten en habitantes de mi archivo de Soledades Robadas. No sé si viven felices haciéndose compañía entre ellas. Mi tendencia natural es creer que sí, del mismo modo que suelo emocionarme con los gestos de Amor que percibo o siento en mi mundo.

Mis “solos” (y solas) pueden ser víctimas, suelen ser héroes. Pero jamás verdugos. Sin embargo sé que (aunque sea por pura estadística) entre ellos puede que haya fotografiado a algún pederasta. A algún maltratador. Un asesino. Gente cruel. Agujeros Negros. Llamo así a esa gente que querría ser una estrella y no es más que un remanente de la luz que roba de otros. Personas incapaces de salir y expandirse, condenadas para siempre a estar encerradas y consumirse en sí mismas. Superadas por la sombra, abismáticamente egoístas. Malvadas.

Pienso en las estrellas luminosas que tienen la desgracia de acercarse demasiado a uno de estos agujeros negros. Cómo el tirón gravitatorio las atrae poderosamente, acercándose tanto que se alargan y estiran como una goma hasta que su vida queda completamente destrozada. Los científicos llaman a eso un “evento de disrupción de marea”.Yo necesito definirlo usando varios insultos encadenados.

Me duele imaginar al agujero negro tragándose grandes fragmentos de la estrella triturada, que mientras muere libera suficiente energía como para generar brillantes destellos que pueden llegar a durar meses, incluso años enteros. Y en el verdugo jamás desaparece el instinto depredador ni el hambre insaciable. Sin un ápice de empatía.

Son tiempos rarunos, me susurra Pepito Grillo. Está pesadito recordádome los peligros (reales) que hay alrededor de eso de robar soledades. Pero sobretodo me pregunta cuándo voy a poner la brújula rumbo Norte e ir donde las sombras se hacen pequeñas y las esperanzas grandes.

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