Preguntas confinadas

Preguntas confinadas

– “¿Volveremos a ser libres?¿Nos cogeremos de la mano sin guantes, sin miedos?”. – te pregunto.

– “Sí. Y volveremos a lamernos, a abrazarnos, a besarnos con lengua y a encontrar alivio en nuestras bocas. Volveremos a vernos con los ojos llenos de ausencias y la mirada llena de cicatrices. O viceversa. Y nos sentaremos en los bares, me dirás cosas que me harán reír, volveré a decirte “te quiero” en varios idiomas, con la voz, con las manos, y te comeré con ganas ese lunar que tienes cielito lindo… Y luego te veré caminar por las calles con la cámara colgando del cuello, pensativa y feliz como sólo estás después de jugar con la luz y robar soledades a las que arropar con palabras.”

Leyéndote pienso en las soledades de mi familia, en cuánto quiero volver a abrazar a mis sobrinas, a mis padres, a mi tía. A que son mi tesoro de futuro y vida… tu siguiente mensaje parece intuir mi congoja y llega al rescate

– “No te librarás de mis visitas al baño mientras estás tú para hablar de pedos y cantar el “Lady Lorzas abrázame fuerte Lady Lorzas”. Podré coger aviones y llegar a ti. Y querré comer el helado en la curva de tu espalda, justo junto donde escribí el último mensaje con la yema de mis dedos y el rastro de las pecas de tus labios.”

Me imagino corriendo y dando saltitos al verte. Casi puedo sentir ya el viento del Norte en mi sonrisa mientras me cuentas leyendas de marinos derrotados por los peces cosquilleros. Y enredaré mis dedos en tu pelo mientras divago y tú entrecierras los ojos un segundo en el que me siento obscenamente feliz.

– “Volveré a decirte cochinadas bonitas, más y mejor de lo que ahora hacemos frente a móviles y ordenadores. Y te oiré decir “cómo te echo de menos, joder”. Pero está vez será en pasado y escucharé el sonido de cientos de nudos deshaciéndose en tu garganta. Volveremos a todo eso, lo sé. No sé si más fuertes. Tampoco sé si mejores. Pero con el corazón tiritando de euforia por la alegría en el reencuentro.”

Leyéndote siento que sí, que volveremos a ser todo lo libres que un ser humano puede ser. Y no, no me asustará serlo.

Cambio de estación

Cambio de estación

Los viejos Druidas estaban convencidos que cada hombre y cada mujer lleva en su interior un árbol. En las oscuras noches de invierno solían reunir a los niños junto a la fogata y les contaban leyendas sobre el ciclo de la vida.

Se nace de una semilla, creces y te ramificas dando vida a nuevos frutos que serán a su vez semillas para las siguientes generaciones. El árbol interior nos conecta con la Tierra y nos recuerda que estamos unidos con nuestras propias raíces (nuestra familia y entorno) y que formamos parte de un bosque. También que a medida que pasan las estaciones vamos perdiendo hojas, llegan otras y con ellas la lección que nos invita a recordar que estamos en constante evolución y que siempre podemos empezar nuevos ciclos de vida. Y poco a poco nuestras ramas serán tan altas que podrán tocar el cielo.

Me gustan estas viejas leyendas sobre árboles. Me hacen pensar en los almendros y parras de las que mi niñez aún pende despreocupada, observando atardeceres en Montserrat. También en aquellos años teníamos el Pino más alto y unas cuantas higueras a las que trepaba mi titán estibador. Con el colegio jugábamos en los troncos de los árboles del Miramar (que ahora sé que tienen un precioso nombre en catalán: “Bellaombra”). Me enamoré de un sauce llorón en un Kibbutz de Israel. Y años después lo hice de quien puso mi nombre a una acacia, aunque hace tantos años que parece que fuera en otra vida y probablemente lo fue.

Me gustaría tener línea directa con la Druida Púrpura y contarle que he dejado caer las hojas que ella me enseñó a utilizar hace 19 años. Darle las gracias por su guía y decirle que jamás renegaré de la que ha sido durante años la corteza que nos ha nutrido profesionalmente. Y es que sin ella alrededor tampoco me apetece ya moverme entre esa hojarasca, me dolería demasiado su ausencia.

Mañana empieza una nueva estación para este árbol raruno y sensible. Le brotarán nuevas hojas y me ramificaré otra vez. Empezar de cero siempre da vértigo pero con las palabras juego en casa, llevan toda la vida siendo mi refugio y mis aliadas.

Ausencias

Ausencias

Conocí a un hombre que iba cada mañana, a la misma hora exacta, a un punto concreto de la playa de la Barceloneta. Los 365 días del año, sin importarle la lluvia, el frío, los empujones de los turistas o el riesgo de insolación.

Hoy he sabido que ha fallecido a los 90 años.

Había oído hablar mucho en el sector del “chalao de la Barceloneta” pero nos conocimos personalmente hace quince cuando entró a ser uno de los actores que yo representaba.

No he visto a nadie actuar con tanta clase. Hacía grandes los pequeños papeles de reparto ya fuese como abuelo, sabio templario o jubilado despistado. Y hubiese triunfado más aún si no hubiera sido porque no acudía jamás a un casting o aceptaba un papel sin asegurarse que podría tener sus mañanas libres para ir a la playa. Y, por supuesto, nada de viajar fuera de Barcelona.

Con el tiempo ganamos confianza mutua y una complicidad que, en las interminables pausas de una filmación, permitía compartir confidencias con un pitillo en los labios. Fue en una de esas ocasiones cuando le pregunté por su historia con la playa.

“Sé que me llaman el chalao” -me dijo con cierta resignación.

Y mirándome a los ojos, me habló entonces de aquella mañana en plena guerra cuando las bombas fascistas les pillaron camino del colegio. De aquella esquina junto al mar donde, antes perder el conocimiento, vio por última vez a su madre y a sus dos hermanas.

-“Cuando salí del hospital iba a diario, con aquella ingenuidad infantil que me hacía tener la esperanza de reencontrarlas… quizás nunca he dejado de ser niño, porque no he faltado ni un día a esa cita.”

Su peregrinación frente al mar se hizo densa en su sangre. Luego la posguerra, el trabajo en el taller del barrio, mujer y niños, el grupo de teatro… y un día, sin saber cómo, estaba calvo, con canas y rodando un anuncio.

“Esos ratos en la playa todos estos años han sido mi forma de hacer que ellas tengan su propio espacio en esta vida mía de la que no han formado parte… y cuando yo ya no esté, mi ausencia en este rincón de la Barceloneta podrá reunirse al fin con las suyas ”

La ley del silencio

La ley del silencio

Quiero poder plantar mi trípode y sólo preocuparme por el encuadre, la alquimia de los números y ese baile delicioso entre mis córneas y la luz derramándose en colores.

Quiero ahorrarme los “hola guapa”, los “hazme a mí la foto, nena”, los “menuda cámara” y los “mmm mira cómo agarra el objetivo”. No necesito los “puta malfollada”, “total ni muerto te la metía” y mucho menos los “te dejaba yo en el rompeolas flotando.”

No quiero pasear cabizbaja por la playa a las seis y media de la tarde simulando una llamada telefónica. No quiero que nadie me siga durante un interminable y eterno minuto y medio con una bicicleta por la playa de San Sebastià jadeándome lo solita y cargadita que iba.

Tampoco me vale el “es que ya te vale ir sola por ahí estando oscuro.” Es mi ciudad. Soy una persona adulta. No quiero interiorizar que está bien y es normal tener miedo. No quiero seguir pensando en cuánto tardaría en empuñar el trípode y asestar un golpe a un agresor. Ni tener el 112 marcado en el móvil. No quiero normalizar que a las mujeres nos maten por ir solas. No quiero mirar con desconfianza a los hombres con los que me cruzo.

No debería tener miedo por pasear en la playa de mi ciudad un lunes a las seis y media de la tarde. No debería tener miedo por llevar una cámara de fotos y una mochila con objetivos. No debería tener miedo a salir por mi barrio con la sombra de cuatro violaciones en la esquina de mi casa. No debería tener miedo por ir sola. Punto.

Pero lo tengo. Sin embargo no pienso dejar de ser yo. Ni renunciar a atardeceres como estos. Quizás por eso hoy hablo, cansada de silenciar los micromachismos que me rodean como mujer; ni los acosos, la mezquindad, el Mal. Tal vez no sepa cómo combatirlo pero no pienso callar más. La ley del silencio no funciona conmigo.  Ya no. 

Mujeres

Mujeres

Me rodea una tribu de mujeres a las que no les hago saber lo suficiente cuánto las admiro y lo importante que son en mi vida. Podría intentar describirlas una a una y sé que estaría hablando de esa línea común invisible que las ilumina a todas ellas. Irradian tanta magia que deslumbra la bondad y la generosidad con la que se enfrentan al mundo. Sin hacer ruido, sin espectadores ni aplausos.

Cuidan cuando hay enfermos (del cuerpo y del alma). Besan las rodillas de los niños si se caen y la autoestima de los adultos que no saben que se han caído. Leen e inventan cuentos necesarios, porque hay en mi clan unas narradoras extraordinarias, capaces de adaptar el lenguaje al latido y el dolor de cada momento. Y hacen de las palabras, los gestos y los silencios bálsamos que cauterizan las peores heridas.

En ellas mi temperamento de ogro verdoso se ha ido dulcificando, aprendiendo que ser amable con los demás, ser compasiva y empática, no te debilita sino que te ayuda a ser una mujer fuerte y responsable. Y en esa fragua, codo con codo con los hombres de mi vida, quisieron forjarme para ser una persona íntegra y buena.

Siempre están ahí. Quizás por eso no temo intentar solucionar por mí misma casi cualquier cosa. Ni me avergüenza pedir ayuda (su ayuda) cuando la necesito. Y no pierdo la risa por mucho dolor y abismos que me acompañen. Especialmente para dársela a las mujeres más jóvenes de mi vida. Que sientan que presto atención a sus preocupaciones, que las animo a conseguir lo que se propongan, sin olvidar que las cosas hay que pedirlas por favor y agradecerlas. Ojalá pueda verlas convertirse en mujeres independientes y fuertes, de las que saben reflexionar sobre sus propios errores y crecen sin miedo. Que su reflejo en el espejo que soy les ayude a recordar en todo momento todo lo bueno que tienen en ellas.

Mis Mujeres divertidas, solidarias, cariñosas, fuertes (muy fuertes), honestas, valientes, tiernas, protectoras. Aunque el infierno del dolor nos rompa por dentro ellas son capaces de bajar el cielo a la tierra cuando hace falta.

A todas las mujeres que forman parte de mi vida: Con mi admiración y gratitud. 

La Mercè

La Mercè

Las clases empezaban el día 15 de septiembre. Llegábamos aún acalorados de tres meses asilvestrados y tardábamos días en situarnos. Poco a poco vendría el ciclo rutinario de nuestra vida escolar. Pero aún no. Las fiestas (en plural siempre) de La Mercè rompían el ritmo cuando apenas llevábamos una semana de clases. Como si el verano necesitara morir irremediablemente con sardanas, correfocs, cabezudos, castells y conciertos.

Había dos cosas que yo esperaba con ilusión año tras año. Las lágrimas de Santa Eulalia y los “fuegos” de Montjuïc.

Alguien me explicó siendo muy niña una tradición que dice que siempre llueve el 24 de Septiembre: “Nena son las lágrimas de Santa Eulalia”. La otra patrona de Barcelona llora por el olvido y la traición de los barceloneses que buscaron una segunda patrona que la desplazó. Así que, dispuesta a deslucir las celebraciones de su rival La Mercè, se las apaña para que ese día llueva. La imagen de dos santas rivalizando llenaba mi imaginario: esa enemistad divina siempre me pareció inquietante pero fascinante: Dos figuras envidiosas, dispuestas a hacerse entre ellas (y a sus protegidos) la puñeta… y una de ellas con sus melancólicos sufrimientos y despechos (a lo Chavela Vargas) sumida en el llanto, ordeñando nubes. Lejos quedaba la ciencia diciendo que lo normal es que haga mal tiempo en los primeros días de otoño y que lo sintamos aún más porque todavía estamos acostumbrados al verano.

Lo segundo que me ilusionaba eran los “fuegos de MontjuÏc”. Hoy les llaman piromusical, palabra pretenciosa que siempre me hace pensar en Nerón el pirómano paseando con una lira. La mayoría de las veces subíamos a verlos al Terrat de casa con mis hermanos o mis primos. Y yo contemplaba el espectáculo de la luz y el sonido llegando a destiempo hasta nuestra pequeña atalaya del poble sec. Entonces sucedía: no hacía falta que mi madre hablase de “rebequitas” o que yo percibiera cómo la piel se me quedaba fría. Aún hoy, esta noche, he sido testigo de nuevo de ese momento mágico. Y es que sólo durante los fuegos llega el Otoño a mi calendario.

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