Sant Joan 2020

Sant Joan 2020

Sólo las noches de San Juan me permito volver a ti y encender esta Luz que lo abraza todo y nos quita el miedo. Durante todo el año la puerta está cerrada con llave, pero la noche del 23 al 24 de Junio sales de la oscuridad de mis derrotas y me sonríes con la inocencia de quien no tiene aún sueños perdidos.

Puedo escuchar tus pies descalzos corriendo por la casa y tu voz fingiendo leer cuando aún no sabes hacerlo. No te haces una idea de cómo disfruto viendo cómo pasas las páginas de todos esos cuentos que abrigan nuestras tardes… y me narras las mismas historias que soñaba cuando era niña.

Me gustaría haber pasado este año reaprendiendo de ti a escuchar de nuevo el crujido de las hojas, el murmullo del agua, el sonido de la lluvia. A querer seguir siendo buena. Honesta. Valiente. Y a veces frágil, torpe, vulnerable, lenta. Y haberte tenido en mi regazo mientras acariciaba tu pelo entre mis dedos y te hablaba de la luz de las luciérnagas de mi niñez.

Vuelvo a ti otro año más dispuesta a hablarte de mi abuelo, de mi padre, de mi hermano. Este año no hay hogueras frente a las que darte la habitual charla sobre la importancia de san Juan. Por eso sólo puedo buscarte en el fuego de una vela, como si fuera a pedirte como deseo de cumpleaños.

Está siendo un 2020 extraño, hijo.

Quiero decirte que he intentado ofrecer a los demás todo lo bueno que tengo sin quedarme vacía. Que he estado forzosamente sola (ya te hablaré del confinamiento) y he sobrevivido. Antes del virus, he seguido cogiendo aviones por Amor, he tenido miedo, he respetado a los demás, he dejado ir y también me he marchado cuando debía hacerlo. He celebrado casi todo, me he atrevido a más de lo que pensaba. He dicho “no” cuando quería decir “no”, he saltado al vacío. He empezado un trabajo nuevo y ahora me gano el sueldo con las palabras. He vencido fantasmas, me reído mucho, he intentado ser yo misma.

Y vuelvo a ti cuando todo está oscuro y no sé qué hacer con tu ausencia.

Los 19 de Junio

Los 19 de Junio

Al parecer llevo seis años publicando una foto en redes sociales todos los 19 de Junio (hay años que incluso dos) y escribiendo un texto que las arrope. Aunque en realidad, la fotografía siempre ha sido para mí una coartada para llenar las imágenes de palabras.


Hace días que me planteo volver escribir un diario. Los mismos en que me acuesto pensando irracionalmente que quizás, al día siguiente, puede que no me despierte. Y se me agolpan las ganas de contar cosas, evocar recuerdos, obligarme a dejar testimonio de estos días, de este tiempo en el que soy consciente de estar serena y donde la estabilidad es una felicidad de la que no siempre nos damos por enterados.

No, no pretendo dejar testamento, ni enseñanzas, ni instrucciones. Tal vez trazar señales luminosas para cuando llegue la niebla del tiempo, las ausencias o simplemente haya terminado esta pupación que no somos conscientes de estar viviendo.

Quiero cruzar al otro lado, el del espejo de mis charquitos luminosos y recorrer ese mundo a mis pies. Quiero que al pisar ese suelo líquido, el reflejo del espejo de mis palabras no tiemble ni se desvanezca. Quiero dejar pistas que (me) expliquen lo que me rodea, que (me) recuerden estos pasos, de dónde vienen estas cicatrices, a qué sabe esta serenidad.

Quiero tener en mis palabras esas otras manos, otras bocas, otros ojos, otros ya-tu-sabes, otros sueños que me faltan a diario. Y a través de mi forma de explicar secretos, gritar sin alzar la voz, mentir diciendo grandes verdades, lavarme el corazón sin dejar de ensuciarlo cuando sea necesario. Y contar la íntima y feliz congoja de una tarde de Junio viendo llover flores sobre una niña (la que fui, la que no tendré) en Sant Felip Neri. Escribir de los charquitos del Born, los silencios del Gòtic, las voces de los que quiero, siempre cerca incluso los que están lejos.

“Quiero dejar Amor por escrito porque con una sola vida a veces (siento que) no me basta.”

Esa es la nota en la cápsula del tiempo que (me) dejo para el próximo 19 de Junio… eso y si he cumplido mi sueño de volver a ver luciérnagas

Preguntas confinadas

Preguntas confinadas

– “¿Volveremos a ser libres?¿Nos cogeremos de la mano sin guantes, sin miedos?”. – te pregunto.

– “Sí. Y volveremos a lamernos, a abrazarnos, a besarnos con lengua y a encontrar alivio en nuestras bocas. Volveremos a vernos con los ojos llenos de ausencias y la mirada llena de cicatrices. O viceversa. Y nos sentaremos en los bares, me dirás cosas que me harán reír, volveré a decirte “te quiero” en varios idiomas, con la voz, con las manos, y te comeré con ganas ese lunar que tienes cielito lindo… Y luego te veré caminar por las calles con la cámara colgando del cuello, pensativa y feliz como sólo estás después de jugar con la luz y robar soledades a las que arropar con palabras.”

Leyéndote pienso en las soledades de mi familia, en cuánto quiero volver a abrazar a mis sobrinas, a mis padres, a mi tía. A que son mi tesoro de futuro y vida… tu siguiente mensaje parece intuir mi congoja y llega al rescate

– “No te librarás de mis visitas al baño mientras estás tú para hablar de pedos y cantar el “Lady Lorzas abrázame fuerte Lady Lorzas”. Podré coger aviones y llegar a ti. Y querré comer el helado en la curva de tu espalda, justo junto donde escribí el último mensaje con la yema de mis dedos y el rastro de las pecas de tus labios.”

Me imagino corriendo y dando saltitos al verte. Casi puedo sentir ya el viento del Norte en mi sonrisa mientras me cuentas leyendas de marinos derrotados por los peces cosquilleros. Y enredaré mis dedos en tu pelo mientras divago y tú entrecierras los ojos un segundo en el que me siento obscenamente feliz.

– “Volveré a decirte cochinadas bonitas, más y mejor de lo que ahora hacemos frente a móviles y ordenadores. Y te oiré decir “cómo te echo de menos, joder”. Pero está vez será en pasado y escucharé el sonido de cientos de nudos deshaciéndose en tu garganta. Volveremos a todo eso, lo sé. No sé si más fuertes. Tampoco sé si mejores. Pero con el corazón tiritando de euforia por la alegría en el reencuentro.”

Leyéndote siento que sí, que volveremos a ser todo lo libres que un ser humano puede ser. Y no, no me asustará serlo.

Regresos

Regresos

Cada vez que vuelvo a esta ciudad necesito romperme un poco. Es un pequeño ritual de esos nuestros, efecto colateral de la distancia y del tiempo. Te confieso que prefiero las otras rutinas. Los viajes de Ida. Las meriendas de huesitos y gominolas. Las noches de película, pizza y esos cuentos que improvisamos entre risas y que acaban siendo siempre historias acariciadas a cuatro manos y recitadas a dos voces.

He tardado días en sangrar estas palabras, perdona si lo hago así, derramándome sobre las aceras. Pero es que echo de menos tus pasos caminando por mi ciudad a esta hora, cuando brillan las ausencias en las luces de los escaparates y semáforos. Bueno, también extraño recorrer geografías desconocidas sin rumbo. Volver al hotel y que no sólo la calefacción esté encendida. Celebrar cada pequeño viaje, soñar historias inspiradas por la carretera y correr descalza por las playas en invierno.

Te echo de menos en cada cosa hermosa que me rodea y en cada mezquindad que me sobra. Añoro reír hasta dormirme. Vencer la batalla al insomnio sintiendo esa calma que sólo proporciona el olor de la gente que nos quiere.

Me gusta que me recojas en el aeropuerto. También oír tus pedos en el baño y tus suspiros en la almohada. Tener sexo con amor sin relojes. Sobre la cama. En el suelo. En el sofá. Contra la pared. A medio vestir. Desnuda. En la azotea de mi casa. Bajo tus párpados. A la hora que sea. Y sentir siempre que hay amor detrás de todo eso.

Me gusta tu lluvia de cosquillas suaves. Que me leas en voz baja. Estallar de risa y que se me llene la vida de arrugas e historias. Ver a mi familia feliz. Muy feliz. No tener miedo a la pérdida, al dolor, al daño. No tener miedo a casi nada.

Quiero amor siempre a raudales, con la edad que sea. Darlo y recibirlo. Cuidar a la gente que más quiero y acompañaros, veros crecer, superar obstáculos. Abrazaros muy fuerte cuando nos visita la muerte, el miedo o la enfermedad. Y en las noches lluviosas de otoño, cuando duelen las ausencias y se me nubla la vista, robarle épica de lo cotidiano a Barcelona y encapsularla en una foto.

Recuerdos líquidos

Recuerdos líquidos

Hacer magia de y con lo cotidiano. Los mayores de mi familia tenían un doctorado en eso cuando yo era pequeña. Quizá ellos no eran conscientes de ese súperpoder y tal vez es mi yo adulto quien le esté dando nombre a esos recuerdos líquidos.

Te los escribo para no olvidarme de ellos y también para que, si me lees y estás en disposición de sembrar momentos luminosos, tú también lo hagas. Así, en el futuro, la sombra y los frutos que nacerán de esas raíces seguirán dando vida y compañía. Y arrancando sonrisas.

Los que me conocen saben que los veranos han sido una época difícil para mí. La cigüeña debió enviarme al (Polo)Norte pero acabé en este mediterráneo no muy apropiado para quien tiene el termostato roto.

Por eso las guerras de agua en la casa de Montserrat eran uno de mis juegos favoritos de infancia. Por muchos motivos. El primero porque eran acontecimientos espontáneos. No había planes, ésa era parte de la magia.

De repente -por ejemplo- mi padre, que regaba los rosales o las tomateras con sus pantalones cortos y la bartola despreocupadamente al aire, cogía la manguera y nos mojaba a los niños. Era fácil entender por su cara de pillo que podíamos hacerle lo mismo.

No sé si había algún código o acuerdo entre ellos o si simplemente en la euforia de las vacaciones y por el efecto de nuestras risas, el resto de los adultos se unían inesperadamente a aquella guerra de agua.

Y eso era Magia. Las miradas de mis padres y mis tíos dejaban de ser las de los adultos responsables y brillaba en ellas la felicidad de quien vuelve a hacer chiquilladas. Ahí estaba mi madre (o mi tía) llenando un barreño en el lavadero. Mi tío (como mi padre) sirviéndose de otra manguera -al final ellos tenían la “artillería” pesada en su poder- mientras nosotros, los niños, corríamos perseguidos por ellos alrededor de la casa.

Y mira que era un deporte de riesgo evitar los resbalones al pisar el mármol o el gres con nuestras cangrejeras de goma. Pero el premio de sorprender a alguno de los mayores y mojarle con una jarra de plástico o un cubo… eso hacía que valiera la pena cualquier riesgo.

Recuerdo la felicidad de jugar todos juntos. Grandes y pequeños. Juntos. Empapados más de aquella alegría única y genuina que de agua. O quizás de ambas cosas.

Me recuerdo fresca, como si aquella capa líquida y lúdica me impermeabilizara contra el calor. Y entonces, estando así, mi vida era mejor: por las sonrisas y los recuerdos de la batalla pero también por el pragmatismo para mí que suponía estar en condiciones de bajar al huerto a pleno sol y que mi tío arrancara un tomate de la mata y me lo ofreciera. Lavado con la manguera, abierto por la mitad y aderezado con un pellizco de sal. Manjar de dioses.

Nunca me han vuelto a oler y a saber así los tomates. Es un sabor que asocio al tiempo en que mis mayores sembraban (con extrema sencillez e ingredientes cotidianos) recuerdos tan luminosos como las luciérnagas de mi infancia que aún busco reencontrar.

Por eso si me lees y puedes… comparte tiempo con quien quieres. El verano es una buena época para hacerlo.

A todos los que lo hicieron, hacen y harán: gracias.
Os quiero. Seguís dándome Luz.

Sant Joan 2019

Sant Joan 2019

Observo la danza hipnótica del fuego mientras pienso que, en un mundo paralelo, tú y yo hemos salido como cada verbena a ver las hogueras y quemar lo malo del año que acaba.

En esa otra realidad luminosa eres Tú (y no un niño desconocido) a quien acabo de hacer una foto frente a las llamas. Y eres Tú también quien me escuchas (con cierta resignación porque ya chocheo un poco) explicarte una vez más la misma historia de cada noche del 23 de Junio. Esa en la que te cuento que te llamas así porque soy nieta, hija y hermana de hombres extraordinarios que se llaman Juan. Y quería que unieras tu celebración a la de ellos, que han sido, son y serán punto firme en mi vida.

Ejemplo, refugio, fortaleza. Luz.

En ese universo imposible nunca he prendido fuego a las cartas que, durante años, te fui escribiendo mientras esperaba el momento en que sería tu madre. No vi arder, palabra a palabra, esas historias que has podido leer. Además he podido explicarte (casi todas) las cosas que sé y he vivido. Te he visto conjurar con tus dedos auroras boreales y evocar los paisajes de los que te hablamos y que están tan lejos como tu imaginación sea capaz de situarlos.

En esa otra vida Tú no eres mi eterna ausencia sino que has sido por quien he inventado cuentos y caricias. Te he podido arropar con mi sentido del humor y he podido enseñarte a capturar la luz (con y especialmente sin cámara) antes que la ceguera se haya cebado del todo con mis ojos. Eres el Heredero de los afectos de mi tribu, mi tío te ha llamado durante años “el Yuán” (o Juanito dependiendo del día) y Fina te ha inspirado con su danza única y luminosa.

Pero no, Joan. No tengo la suerte de vivir esa ucronía, sino que la realidad es la de un solsticio en el que me duelen las bajas en nuestras filas de estos últimos meses.

Ha sido un año terrible. Al fuego lo malo. Bienvenido sea lo bueno.

[A mi yayo Juan. A mi padre y a mi hermano. Al Joan petit que nunca podré -y siempre querré- tener. Y a mi Tete y Fina, os echo de menos.]

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