Regresos

Regresos

Cada vez que vuelvo a esta ciudad necesito romperme un poco. Es un pequeño ritual de esos nuestros, efecto colateral de la distancia y del tiempo. Te confieso que prefiero las otras rutinas. Los viajes de Ida. Las meriendas de huesitos y gominolas. Las noches de película, pizza y esos cuentos que improvisamos entre risas y que acaban siendo siempre historias acariciadas a cuatro manos y recitadas a dos voces.

He tardado días en sangrar estas palabras, perdona si lo hago así, derramándome sobre las aceras. Pero es que echo de menos tus pasos caminando por mi ciudad a esta hora, cuando brillan las ausencias en las luces de los escaparates y semáforos. Bueno, también extraño recorrer geografías desconocidas sin rumbo. Volver al hotel y que no sólo la calefacción esté encendida. Celebrar cada pequeño viaje, soñar historias inspiradas por la carretera y correr descalza por las playas en invierno.

Te echo de menos en cada cosa hermosa que me rodea y en cada mezquindad que me sobra. Añoro reír hasta dormirme. Vencer la batalla al insomnio sintiendo esa calma que sólo proporciona el olor de la gente que nos quiere.

Me gusta que me recojas en el aeropuerto. También oír tus pedos en el baño y tus suspiros en la almohada. Tener sexo con amor sin relojes. Sobre la cama. En el suelo. En el sofá. Contra la pared. A medio vestir. Desnuda. En la azotea de mi casa. Bajo tus párpados. A la hora que sea. Y sentir siempre que hay amor detrás de todo eso.

Me gusta tu lluvia de cosquillas suaves. Que me leas en voz baja. Estallar de risa y que se me llene la vida de arrugas e historias. Ver a mi familia feliz. Muy feliz. No tener miedo a la pérdida, al dolor, al daño. No tener miedo a casi nada.

Quiero amor siempre a raudales, con la edad que sea. Darlo y recibirlo. Cuidar a la gente que más quiero y acompañaros, veros crecer, superar obstáculos. Abrazaros muy fuerte cuando nos visita la muerte, el miedo o la enfermedad. Y en las noches lluviosas de otoño, cuando duelen las ausencias y se me nubla la vista, robarle épica de lo cotidiano a Barcelona y encapsularla en una foto.

Recuerdos líquidos

Recuerdos líquidos

Hacer magia de y con lo cotidiano. Los mayores de mi familia tenían un doctorado en eso cuando yo era pequeña. Quizá ellos no eran conscientes de ese súperpoder y tal vez es mi yo adulto quien le esté dando nombre a esos recuerdos líquidos.

Te los escribo para no olvidarme de ellos y también para que, si me lees y estás en disposición de sembrar momentos luminosos, tú también lo hagas. Así, en el futuro, la sombra y los frutos que nacerán de esas raíces seguirán dando vida y compañía. Y arrancando sonrisas.

Los que me conocen saben que los veranos han sido una época difícil para mí. La cigüeña debió enviarme al (Polo)Norte pero acabé en este mediterráneo no muy apropiado para quien tiene el termostato roto.

Por eso las guerras de agua en la casa de Montserrat eran uno de mis juegos favoritos de infancia. Por muchos motivos. El primero porque eran acontecimientos espontáneos. No había planes, ésa era parte de la magia.

De repente -por ejemplo- mi padre, que regaba los rosales o las tomateras con sus pantalones cortos y la bartola despreocupadamente al aire, cogía la manguera y nos mojaba a los niños. Era fácil entender por su cara de pillo que podíamos hacerle lo mismo.

No sé si había algún código o acuerdo entre ellos o si simplemente en la euforia de las vacaciones y por el efecto de nuestras risas, el resto de los adultos se unían inesperadamente a aquella guerra de agua.

Y eso era Magia. Las miradas de mis padres y mis tíos dejaban de ser las de los adultos responsables y brillaba en ellas la felicidad de quien vuelve a hacer chiquilladas. Ahí estaba mi madre (o mi tía) llenando un barreño en el lavadero. Mi tío (como mi padre) sirviéndose de otra manguera -al final ellos tenían la “artillería” pesada en su poder- mientras nosotros, los niños, corríamos perseguidos por ellos alrededor de la casa.

Y mira que era un deporte de riesgo evitar los resbalones al pisar el mármol o el gres con nuestras cangrejeras de goma. Pero el premio de sorprender a alguno de los mayores y mojarle con una jarra de plástico o un cubo… eso hacía que valiera la pena cualquier riesgo.

Recuerdo la felicidad de jugar todos juntos. Grandes y pequeños. Juntos. Empapados más de aquella alegría única y genuina que de agua. O quizás de ambas cosas.

Me recuerdo fresca, como si aquella capa líquida y lúdica me impermeabilizara contra el calor. Y entonces, estando así, mi vida era mejor: por las sonrisas y los recuerdos de la batalla pero también por el pragmatismo para mí que suponía estar en condiciones de bajar al huerto a pleno sol y que mi tío arrancara un tomate de la mata y me lo ofreciera. Lavado con la manguera, abierto por la mitad y aderezado con un pellizco de sal. Manjar de dioses.

Nunca me han vuelto a oler y a saber así los tomates. Es un sabor que asocio al tiempo en que mis mayores sembraban (con extrema sencillez e ingredientes cotidianos) recuerdos tan luminosos como las luciérnagas de mi infancia que aún busco reencontrar.

Por eso si me lees y puedes… comparte tiempo con quien quieres. El verano es una buena época para hacerlo.

A todos los que lo hicieron, hacen y harán: gracias.
Os quiero. Seguís dándome Luz.

Sant Joan 2019

Sant Joan 2019

Observo la danza hipnótica del fuego mientras pienso que, en un mundo paralelo, tú y yo hemos salido como cada verbena a ver las hogueras y quemar lo malo del año que acaba.

En esa otra realidad luminosa eres Tú (y no un niño desconocido) a quien acabo de hacer una foto frente a las llamas. Y eres Tú también quien me escuchas (con cierta resignación porque ya chocheo un poco) explicarte una vez más la misma historia de cada noche del 23 de Junio. Esa en la que te cuento que te llamas así porque soy nieta, hija y hermana de hombres extraordinarios que se llaman Juan. Y quería que unieras tu celebración a la de ellos, que han sido, son y serán punto firme en mi vida.

Ejemplo, refugio, fortaleza. Luz.

En ese universo imposible nunca he prendido fuego a las cartas que, durante años, te fui escribiendo mientras esperaba el momento en que sería tu madre. No vi arder, palabra a palabra, esas historias que has podido leer. Además he podido explicarte (casi todas) las cosas que sé y he vivido. Te he visto conjurar con tus dedos auroras boreales y evocar los paisajes de los que te hablamos y que están tan lejos como tu imaginación sea capaz de situarlos.

En esa otra vida Tú no eres mi eterna ausencia sino que has sido por quien he inventado cuentos y caricias. Te he podido arropar con mi sentido del humor y he podido enseñarte a capturar la luz (con y especialmente sin cámara) antes que la ceguera se haya cebado del todo con mis ojos. Eres el Heredero de los afectos de mi tribu, mi tío te ha llamado durante años “el Yuán” (o Juanito dependiendo del día) y Fina te ha inspirado con su danza única y luminosa.

Pero no, Joan. No tengo la suerte de vivir esa ucronía, sino que la realidad es la de un solsticio en el que me duelen las bajas en nuestras filas de estos últimos meses.

Ha sido un año terrible. Al fuego lo malo. Bienvenido sea lo bueno.

[A mi yayo Juan. A mi padre y a mi hermano. Al Joan petit que nunca podré -y siempre querré- tener. Y a mi Tete y Fina, os echo de menos.]

Ausencias

Ausencias

Conocí a un hombre que iba cada mañana, a la misma hora exacta, a un punto concreto de la playa de la Barceloneta. Los 365 días del año, sin importarle la lluvia, el frío, los empujones de los turistas o el riesgo de insolación.

Hoy he sabido que ha fallecido a los 90 años.

Había oído hablar mucho en el sector del “chalao de la Barceloneta” pero nos conocimos personalmente hace quince cuando entró a ser uno de los actores que yo representaba.

No he visto a nadie actuar con tanta clase. Hacía grandes los pequeños papeles de reparto ya fuese como abuelo, sabio templario o jubilado despistado. Y hubiese triunfado más aún si no hubiera sido porque no acudía jamás a un casting o aceptaba un papel sin asegurarse que podría tener sus mañanas libres para ir a la playa. Y, por supuesto, nada de viajar fuera de Barcelona.

Con el tiempo ganamos confianza mutua y una complicidad que, en las interminables pausas de una filmación, permitía compartir confidencias con un pitillo en los labios. Fue en una de esas ocasiones cuando le pregunté por su historia con la playa.

“Sé que me llaman el chalao” -me dijo con cierta resignación.

Y mirándome a los ojos, me habló entonces de aquella mañana en plena guerra cuando las bombas fascistas les pillaron camino del colegio. De aquella esquina junto al mar donde, antes perder el conocimiento, vio por última vez a su madre y a sus dos hermanas.

-“Cuando salí del hospital iba a diario, con aquella ingenuidad infantil que me hacía tener la esperanza de reencontrarlas… quizás nunca he dejado de ser niño, porque no he faltado ni un día a esa cita.”

Su peregrinación frente al mar se hizo densa en su sangre. Luego la posguerra, el trabajo en el taller del barrio, mujer y niños, el grupo de teatro… y un día, sin saber cómo, estaba calvo, con canas y rodando un anuncio.

“Esos ratos en la playa todos estos años han sido mi forma de hacer que ellas tengan su propio espacio en esta vida mía de la que no han formado parte… y cuando yo ya no esté, mi ausencia en este rincón de la Barceloneta podrá reunirse al fin con las suyas ”

A la hora del patio

A la hora del patio

Acababa de empezar como maestra de parvulario cuando tuve el accidente y supe que nunca podría tener hijos. Han pasado ya cuatro décadas y en cada promoción me he enamorado de uno de mis alumnos. Este último curso me ha robado el corazón una pequeña terremoto de 4 años que cada mañana, al entrar en clase, me dice que me ha echado mucho de menos. María es de esas niñas que en cuanto atraviesa la puerta lo ilumina todo. Tiene además el don de intuir si alguien tiene un mal día y arrojar toda su luz contra los fantasmas. Me recuerda un poco a aquel otro alumno que, al darse cuenta de mi leve cojera, me preguntó preocupado si me dolía. Le respondí que había días en que sí, me dolía un poco. Y él, dándome su diminuta mano, me dijo mientras caminábamos hacia el aula: pues hoy no corremos y vamos despacito. Y así lo hicimos, día tras día, todo aquel curso de 1980.

Algunos niños a esta edad poseen una empatía que rara vez encuentras en los adultos. A veces observo a María animar a sus compañeros cuando se equivocan o acercarse a los niños que pasean solitarios por el patio con su generosidad genuina para jugar y esa sonrisa luminosa con que convierte en mágicas las cosas sencillas: como cuando nos pide que escuchemos el sonido del viento y mueve sus manitas al ritmo de una música imaginaria que, quizás, sólo los más pequeños aún escuchan.

Aún me conmuevo escuchándoles hablar en el patio de las grandes cuestiones de la vida: el amor, el perdón, el miedo, el futuro. Hay en ellos tanta verdad e inocencia que, aunque oficialmente soy yo quien intenta enseñarles cosas, en realidad no dejo de aprender de ellos cada día.

Hace unos minutos, observándoles en el columpio, me han dolido más de lo habitual mis dos viejas cicatrices: la de la cadera y la de la madre que nunca pude ser. Como si hubiesen podido leer en mi alma, los pequeños se han acercado hasta mí, liderados por María que gritaba “la seño necesita un achuchón”. Y, durante esos segundos de caótico abrazo, he cerrado los ojos y he podido sentir que el universo estaba en paz detrás de mis párpados.

Papirofobia y otras heridas

Papirofobia y otras heridas

-“Míralo, ya está aquí.” -te digo.

Como cada mañana, se detiene en la antigua papelería junto a la catedral y observa el escaparate sin prestar atención ni a los preciosos cuadernos ni a la variada oferta de papeles de los más diversos gramajes. Sólo reacciona, con un mal disimulado gesto de sobresalto (o quizás sea una mueca de dolor), cuando su mirada encuentra las cajas de cartón. Entonces murmura algo y se marcha calle abajo a hacer lo que sea que haga con su vida.

-“¿Y viene cada día?” -preguntas. Asiento con la cabeza y te explico las diferentes teorías que corren por el barrio sobre el misterioso hombre que se asusta de las cajas de cartón. Dicen que fue frente a una de ellas cuando se dio cuenta que todo había acabado. Acababa de dejarle y estaba solo en casa llenado una caja con las cosas que Ella no se había querido llevar. Fue entonces cuando sintió la congoja atenazando su cuerpo, como una hiedra invisible y traicionera queriendo dejarle sin aliento. Y supo, como se tiene certeza de algunas cosas, que jamás olvidaría aquella imagen suya sosteniendo una caja de cartón.

Desde entonces las odia pero a la vez no deja de buscarlas. Le traen el eco de una etapa que aún se cierra, de una pérdida, una despedida. Sabe bien que las cajas sólo sirven para meter en ellas lo que no vamos a utilizar en un tiempo, o las pertenencias de alguien que no está y en muchas ocasiones son cosas que nos hieren. A veces las guardamos a toda velocidad, para no sentir demasiado el peso y el dolor que conlleva ese momento. En otras ocasiones las usamos para acumular lo que nos da miedo tirar y que ya no necesitamos ni necesitaremos. Y convertimos los altillos de nuestra vida en una colección de cajas de cartón repletas de ausencias, de inutilidades, de pesadas cargas.

Cada mañana el escaparate le recuerda a aquella caja que tuvo que cerrar. Y que aún le duele. Y no puede hacer nada más que dejarla doler. Bueno sí, sentir el ilusorio alivio de poder escapar, calle abajo, del tiempo en que aún le importaban las cosas de la polvorienta herida de su altillo.

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