U partigianu

Aunque habían pasado unas semanas, aún se comentaba en comisaría lo sucedido aquel día. Desde entonces, al sargento de los carabinieri Salvatore Rizzo le llamaban sus compañeros de armas “Tottò El Partisano”. Los que le tenían más confianza incluso se atrevían a tararear a su paso el “bella ciao” esbozando una sonrisa lobuna.

Todo empezó a las 9.02 de aquella mañana de invierno. La pareja de ancianos se había personado en la oficina del banco de Vigata, situada en la Vía Ruggiero Settimo. Se acercaron a la ventanilla y colocándose la dentadura postiza (que llevaban en una servilleta de papel en el bolsillo) informaron al cajero que era un atraco.

Ese fue el momento en el que, sin pensarlo pero discretamente, el empleado accionó la alarma silenciosa anti-atracos situada bajo su asiento. Si los cursos de formación en seguridad laboral no mentían en siete minutos tendría a la policía en la puerta.
Casualmente, a esa hora exacta, Rizzo entraba en la misma oficina bancaria y observaba a sus padres charlando con el encargado de la ventanilla número tres. Mientras se acercaba, podía escuchar a su padre preguntando al empleado cómo le sentaba “eso”. Que así se sentía él cada vez que miraba su cuenta, porque era un miserable robo que le cobrasen 4000 de las viejas liras al mes de mantenimiento a unos pobres pensionistas. Que prefería tener su dinero debajo del colchón de su casa.

Cuando estaba a dos pasos, su madre le reconoció y le invitó a acercarse con un movimiento rápido de algo que sostenía en la mano. – ¡Tottò hijo mío! gracias a la madonna que estás aquí. Me he tomado la pastilla de la tensión y me estoy haciendo pipí. Anda, cariño, sostén esto un momento que ahora vengo. -le dijo alejándose en dirección al baño.

Ese fue el momento en que las fuerzas de asalto entraron en el banco y encontraron al sargento sosteniendo el viejo revólver de partisano de su padre.

Horas después, solucionado el incidente que marcaría su trayectoria profesional de por vida, Tottò observaba a sus padres alejarse en dirección a casa. Meneando la cabeza sintió que un intenso y secreto orgullo filial se apoderaba de él mientras susurraba “mannaggia la miseria”.

Calogero

Calogero

Siento una especial debilidad por Calogero.  Es uno de esos tipos cuya biografía nadie leerá en ningún libro y que yo he ido conociendo a lo largo de los años. Nunca lo tuvo fácil empezando cuando le tocó servir en el ejército siendo casi un chaval. Evita siempre hablar de la Guerra y tampoco le oirás lamentarse de la colección de sueños descartados que ha ido acumulando. Curiosamente, ha llevado esas renuncias con la dosis justa de amargura soportable para no perder jamás su sonrisa de medio lado. Aceptó que aquella herida en el campo de batalla no le permitiría escuchar en su casa el sonido de la risa de sus hijos. Que su ternura, su sensibilidad, su sabiduría sin escuela transmitida generación tras generación acabarían en él. Lo suplió convirtiéndose en “u ziu Calò” para los niños del barrio.

Algunos de ellos tienen ahora sus propios hijos para los que nunca falta un caramelo en los bolsillos de la chaqueta de Calogero. Su vecina me contó que ni siquiera perdió el brillo bondadoso en la mirada cuando le tocó encajar su viudez. Lo imagino aferrándose a los recuerdos de media vida compartida con su mujer Rosalía. De Ella sí que habla, con veneración absoluta. Porque ella le aceptó tal y como era. Sin juzgarle, sin pedirle explicaciones por lo que no podría darle sino siempre ilusionada por lo que podían compartir juntos. Más de una vez me ha dicho que es un hombre afortunado porque ha tenido la suerte de conocer el cielo en la tierra cada vez que veía a su mujer dormir a su lado. Y que ojalá yo tenga la misma suerte, picciotteddra mia. Me hace sonreír que aún me llame así a mis cuarenta.

En mis últimas visitas ha crecido su sordera. Creo que disfruta de ella porque le permite continuar en su mundo. Me comentó una vez compartiendo cigarrillos que el mundo es un sitio más feo desde que ella no está, que el sonido se ha convertido en ruido. Siempre que vuelvo a Palermo temo que ya no estará para contarme sus historias e invitarme a sus cigarrillos de picadura sentados en un banco. Sin embargo ahí me esperaba en nuestro habitual punto de encuentro. Mi Calogero tiene aún la valentía de los verdaderos héroes: la de seguir soñando.

Sciacca

Sciacca

Era una tradición local sacarse la chorra, asomarla a la barandilla y mearse desde la altura del mirador del pueblo sobre las flores del jardín de la casa del alcalde. Lo hacían todos, grandes y pequeños, desde tiempos inmemoriales al grito de “chúpate esta, capullo”.

Meaban en solitario y en grupo, de día y de noche, en cualquier estación del año, convirtiendo la catarata mingitoria de altura en un deporte casi olímpico. Poco imaginaba el joven nuevo alcalde (venido de la capital) hasta qué punto se equivocaba instalando la señal de prohibición.

Aquella noche los lugareños (ofendidos) se presentaron en el ayuntamiento con antorchas en una mano y los arietes carnales en la otra. La escena le aterrorizó: cientos de hombres con la mano en la bragueta golpeando la puerta de la casa consistorial diciéndole: “sal, que te vamos a explicar una cosita.”

El político emigró al día siguiente a paradero desconocido, nunca supo que aquella señal quedó intacta porque en el pueblo caló hondo que infringir una ley injusta es obligación de todo buen ciudadano.

Pie de atleta

Pie de atleta

– He recorrido un largo camino hasta encontrarte -le susurró al oído estrechándole entre sus brazos- y cada paso que he dado con estas botas ahora sé que me estaba conduciendo hasta ti.
-Qué bonito -dijo Cenicienta observando perpleja la vegetación que salía del calzado que el príncipe acababa de colocar a su lado- pero una cosita: el Maserati es una calabaza, los trapitos son de Mercadillo, lo de la depilación láser en realidad es la selva de Matogrosso… pero ¿no habia una forma menos dura de decirme que tienes hongos en los pies?

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