Agujeros negros

Agujeros negros

Cuando robo una foto suelo hacer mío a quien aparece en ella. Es inevitable. Les esbozo una historia, cuido sus heridas, les trato con cariño y respeto. E inmediatamente se convierten en habitantes de mi archivo de Soledades Robadas. No sé si viven felices haciéndose compañía entre ellas. Mi tendencia natural es creer que sí, del mismo modo que suelo emocionarme con los gestos de Amor que percibo o siento en mi mundo.

Mis “solos” (y solas) pueden ser víctimas, suelen ser héroes. Pero jamás verdugos. Sin embargo sé que (aunque sea por pura estadística) entre ellos puede que haya fotografiado a algún pederasta. A algún maltratador. Un asesino. Gente cruel. Agujeros Negros. Llamo así a esa gente que querría ser una estrella y no es más que un remanente de la luz que roba de otros. Personas incapaces de salir y expandirse, condenadas para siempre a estar encerradas y consumirse en sí mismas. Superadas por la sombra, abismáticamente egoístas. Malvadas.

Pienso en las estrellas luminosas que tienen la desgracia de acercarse demasiado a uno de estos agujeros negros. Cómo el tirón gravitatorio las atrae poderosamente, acercándose tanto que se alargan y estiran como una goma hasta que su vida queda completamente destrozada. Los científicos llaman a eso un “evento de disrupción de marea”.Yo necesito definirlo usando varios insultos encadenados.

Me duele imaginar al agujero negro tragándose grandes fragmentos de la estrella triturada, que mientras muere libera suficiente energía como para generar brillantes destellos que pueden llegar a durar meses, incluso años enteros. Y en el verdugo jamás desaparece el instinto depredador ni el hambre insaciable. Sin un ápice de empatía.

Son tiempos rarunos, me susurra Pepito Grillo. Está pesadito recordádome los peligros (reales) que hay alrededor de eso de robar soledades. Pero sobretodo me pregunta cuándo voy a poner la brújula rumbo Norte e ir donde las sombras se hacen pequeñas y las esperanzas grandes.

El Cementerio de las Palabras que nunca llegaron

El Cementerio de las Palabras que nunca llegaron

Nadie sabe cuántos años lleva eRRe siendo el Custodio de “El Cementerio de las Palabras que nunca llegaron”.

Le conocí una tarde en el Jardín Romántico del Ateneu mientras esperaba a la Colla de Cabrons más adorable de la ciudad. El cómo, el dónde y el cuándo llegué a intimar con eRRe y, sobretodo, la localización de su Sancta Sanctorum es algo que no puedo compartir.

-“No esperes encontrar aquí lápidas, ni flores, velas o piedras.” -me dijo al darme la bienvenida hace años.

Entonces no sabía que allí sólo se escucha el silencio hiriente que deja en la piel los deseos imposibles de miles de historias anónimas. Ahí están dándose entre sí consuelo o tortura, fonema a fonema, sílaba a sílaba sin importar el idioma.

Al principio venía sólo de visita, le observaba fascinada extender con respeto el cadáver de cada palabra, letra a letra. Hasta que un día eRRe me miró a los ojos y me dio el pésame con un apretón de manos. Aún había entre sus dedos la sangre de algunos anhelos que nunca me atreví a decir y que se me habían podrido en el alma.

-“No sé si tengo hoy el cuerpo para hacerte de cirujano”-me solía decir cuando iba a visitarle con el corazón emponzoñado.

Lleva años haciendo la vista gorda cuando me pongo a excavar con mis propias manos fosas clandestinas para los insultos que hubiesen reforzado mi autoestima contra quien me ha hecho daño.

-“¿No habías dejado de fumar?”.

Así me ha hecho entender hoy que me he pasado esparciendo las cenizas de algunos verbos en imperativo suplicante, esos que aún hoy me hacen aguantar la respiración en cada latido de mi corazón y de mi sexo.

Es su forma de decirme que me haga un favor. Que no lleve al cementerio todas mis palabras. Que deje que algunas lleguen. Quien sabe a dónde. De momento hasta ti que me acabas de leer por culpa del bueno de eRRe.

Suicidas invisibles

Suicidas invisibles

Hacía más de veinte años que no pensaba en el Hombre de la Estación de Plaça Catalunya. Hoy, de pronto, me ha venido su imagen de pie en el andén observando la llegada del metro.

Empecé a fijarme en él por las mañanas cuando iba a la facultad. Siempre estaba allí, elegantemente vestido de negro. Algunos días tenía una expresión concentrada que le daba un aire profesional. Era como si dependiera de él la llegada del tren y la vida de todos los pasajeros, dentro y fuera de los vagones. En otras ocasiones parecía abatido, con esa expresión de auténtica derrota que muy pocos hombres saben llevar con dignidad. Tenía la sensación que Él era invisible a los demás, como si formase parte del mobiliario urbano de la estación. Allí estaba plantado, sin molestar, de pie en un extremo del andén, observando el túnel. Testigo de la llegada del metro, uno tras otro, sin subirse a ninguno.

Hoy me ha estremecido recordar la última vez que le vi. Nunca se lo he contado a nadie. Cuando era joven porque no quería que pensaran que estaba loca; luego porque su recuerdo se ha desvanecido en mi memoria hasta hoy.
Era invierno, yo llegaba tarde y estaba perdiendo aquel tren.

Allí estaba, aunque esta vez para mi sorpresa estaba subido al Metro. De pie en el vagón, frente a la puerta que se cerraba ante mi, me observaba fijamente. Y pude escuchar dentro de mi cabeza su voz hablándome con una profunda resignación: me mantengo vivo por pura educación. Bebo, como, camino por el andén. Los demás picáis el anzuelo, pero yo sé en mi interior que estáis equivocados: hace ya mucho que estoy muerto.

La Capuchina

La Capuchina

Los clásicos de la Barceloneta ya van conociéndome, les he oído llamarme la Capuchina. Saben que nunca fallo en la playa en esos días que duelen las cicatrices.

Y aquí vuelvo a estar. Sintiendo la misma emoción que hace unos años cuando una de mis sobrinas se hizo un corte en casa. Mientras le estaba curando la herida Ella me rozaba temblorosa y me miraba como diciendo: confío en ti sobre todas las cosas.

Pocas veces he sentido un vértigo mayor que aquel.

Ahora ya son mayores aunque, de vez en cuando, aún puedo disfrutar de sus voces llenándolo todo cuando ejerzo de Tía. Y me derrito cuando me dicen que estoy loca pero matizan inmediatamente que eso está muy bien. O cuando me escriben o dibujan mensajes de un amor muy puro, de esos que abrigan, consuelan, acompañan.

Aún así, a veces, no puedo evitar echarte de menos. Como lo hacía cuando ellas eran bebés y me emocionaba sentir su respiración tranquila al dormir. Especialmente cuando soñaban en mis brazos y yo pensaba que quizás en algún lugar del mundo me estabas necesitando.

La Capuchina de la Barceloneta viene a la Playa otra vez a pedir perdón.
A ti.
Pero eso ni ellos ni nadie lo sabe.

Perdón por no haberte reñido al ver como te descalzabas y subías a bailar sobre el sofá creyendo que sostenías una guitarra eléctrica. Perdón por los ratos que no he pasado haciéndote cosquillas en el pelo, mientras te tarareaba canciones o te susurraba cuentos recién inventados.

Siento no haber podido dibujar con mis dedos el contorno de tu cara, las cejas, las pestañas, las mejillas. Ojalá nunca me añores escuchándote embelesada contarme lo que haces, lo que sientes. Que alguien valorase tu dibujo del dragón que se convirtió en mariposa aunque no luzca en nuestra nevera. Perdona que no hayamos jugado al robot para enseñarte a lavarte las manos. Que no sepa de memoria qué te gusta para desayunar ni lo mucho que te duele cuando un compañero de clase te empuja aquí, en el corazón.

Perdóname si al hacerme mayor te he fallado. Perdóname si en algún lugar del mundo estás echando de menos a esta encapuchada que no ha podido ser tu madre en esta vida.

Puertas

Puertas

Te voy a contar una historia. Aunque hace casi dos años que no hay un cigarrillo humeante en mis labios mientras las escribo, siguen pirrándome las historias en Blanco y Negro. En esta no aparece un Bueno atormentado con una dramática cicatriz. Tampoco hay malos con gabardina y sombrero y la única candidata a mujer fatal tiene más de soñadora que de vampiresa.

Es de esas historias que a veces llegan (como las visitas incómodas) mientras tecleas un mensaje, haces cola en el super, sueñas o cagas.

A la protagonista le invitan a abrir una puerta tras la que en su día sintió que había un misterioso tesoro. Y le parece buena idea abrirla. Allí la tenemos, de pie, temblando sola. Donde una vez hubo luz, esperanza y risas ya sólo hay un oscuro polvo y tanto abandono que apenas es capaz de ver sus huellas.

Porque en otra vida bailó desnuda allí.
También entonces temblaba sin hacer ruido.

Me gustaría que pudieses leer este relato y que lo oxigenes. Estaría bien que lo hicieras mientras me esperas en esa cafetería donde nos besamos (me besaste) por primera vez. Quien sabe si me estás leyendo en uno de esos sillones orejeros que aún abrazan con la verdad de nuestros mayores. O en ese tren que proyecta en su ventanilla los paisajes que ignoras porque te has zambullido en mis palabras mientras te mece su traqueteo.

¿Te he dicho alguna vez que cuando me lees, mis Historias (el mundo entero) deja de ser sombrío?.

Quizás es porque acompañas tu lectura con esa sonrisa luminosa y segura con la que me dices que no tema, que estoy llena de amor, fantasmas, palabras, fuerza, orgasmos, puñetas, luces, nostalgia, pájaros, silencios, besos, carcajadas y sueños.

Nærhet

Nærhet

Nærhet.

Cuando era niño nunca entendió porqué habían escrito en la lápida de su madre esa palabra que, en Noruego, significa cercanía física. Si lo preguntaba (o si quería saber porqué estaba enterrada a mil kilómetros de casa) se limitaban a decirle que eso es lo que ella había querido.

No fue hasta la muerte de su padre que supo muchas cosas. Entre ellas, que había heredado una casa cerca de Stavanger, a escasos kilómetros del cementerio donde yacía su madre desde hacía décadas. Según le dijo el notario, había sido de sus abuelos maternos y el primer hogar de sus padres al casarse. Nunca la habían vendido, desde hacía años una mujer se había hecho cargo de cuidar aquella propiedad. Lo que no sabía aún era que conocer a la señora Brekke cambiaría su vida.

Se encontraron en el cementerio, Ella le recibió con un abrazo cercano y familiar. Dejaron un ramo de flores en la tumba de su madre y fueron al que, aunque él no tenía ni idea, había sido su primer hogar.  Mientras paseaban por la casa, que parecía un museo dedicado a su madre, le contó cosas que él no recordaba de su infancia en aquel lugar.

Al llegar a uno de los dormitorios, la anciana abrió el cajón de una cómoda y sacó algo de él.
“Esto es para ti, llevo años guardándolo. Debes saber que tu madre te quiso sobre todas las cosas. No la juzgues, por favor.” -le dijo con lágrimas en los ojos al entregarle un viejo cuaderno.

Leyendo el Diario de su madre supo era de esas personas que saben reír a carcajadas, abrazar y hacer el amor apasionadamente. De las que recorren con los dedos las facciones de su amor mientras están en la cama. Y que tenía la creencia que las manos poseen una memoria táctil donde quedan registradas sensaciones. Quizás por eso uno de sus pocos recuerdos de infancia era ver a su madre contemplando y acariciando fotografías: con nostalgia las de su juventud y siempre con orgullo en las que aparecía él.

A medida que leía iba reencontrándose y descubriendo a aquella mujer apasionada a través de su caligrafía y sus secretos. A través de aquel diario fue testigo de cómo aquellas noches se entregaban al sueño en perfecta sincronía mientras se fundían en abrazos. Vio cómo sus manos se buscaban para recorrerse sin rumbo y sin prisa. Y compartió la pasión de su madre aquel verano, cuando él tenía dos años, en lo que seguramente era su momento de mayor felicidad.

“No quiero vivir sin sentir lo que siento cuando estamos juntas. Nuestra Nærhet”.

Con esas palabras finalizaba el cuaderno. Bajó de la habitación. La señora Brekke le esperaba de pie con la mirada perdida y ese gesto sereno de quien atesora una sabiduría paciente y generosa.

– ¿Sabes?- le dijo- recuerdo que siempre le decía “joder qué guapa eres”. A todas horas. Y es que lo era, no importaba si estaba con ojeras,despeinada, recién salida de la ducha, de la cama, bajo el sol o en la oscuridad de las noches del invierno ártico… para mí no había nada más precioso.

Supongo que era cuestión de tiempo. No era tonto. Descubrió los diarios. Tu madre me dejó éste con una carta de despedida. Os ibais al Norte, era lo mejor para ti. No quiso que perdieras tu entorno estable, tu familia. Tú lo primero. Incluso antes que ella misma. Y por supuesto que nosotras.

Tiempo después recibí una llamada de tu padre desde vuestra nueva ciudad: quería verme urgentemente. Llegué al hospital de madrugada después de conducir durante horas. Él me esperaba en la puerta.. Hablamos poco, Ella deseaba pasar los últimos días en el sur, donde tan feliz había sido. “Nærhet”, me dijo. Tampoco debió ser fácil para él, añadió acariciando un retrato en blanco y negro de su madre que él jamás había visto.

– “Fue la última semana”, -dijo la señora Brekket, acercándole la foto- “Seguía siendo el ser humano más bonito del mundo. Tú acababas de irte con tu padre a la guardería y Ella os había despedido sentada en el porche. Tenía los ojos cerrados, probablemente por el dolor y el frío. Quién sabe, aquellos días apenas hablaba. La vi desde la cocina y quise hacerle una foto allí, tranquila, con aquella luz. Pero cuando salí, abrió los ojos y me descubrió allí de pie, junto a ella, con la cámara en la mano.

Nos miramos fijamente, de una manera extraña, como si de pronto ya lo supiéramos todo. No sé si el click fue el de la cámara o el de mi corazón al romperse, no era consciente de estar disparando.  Entonces, tu madre me sonrió y pude escuchar cómo con un hilo de voz susurraba convencida:
– “Joder, qué guapa eres”.

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