El abismo de las vacas es la alegría de mis cafés por las mañanas, se dijo mientras iba al trabajo. Imaginó tetas de vaca sometidas a un ordeño mecánico y se preguntó si sufrirían en ese proceso o si las palomas que se miraban al espejo urbano sabrían la definición de la palabra “tonal” según la RAE. Todo ese surrealismo mañanero producto de una noche de insomnio, en blanco, con los rayos de la tormenta allá arriba sacudiendo el panel de control mientras el orgullo y la necesidad se peleaban en un cuerpo a cuerpo desganado, como el sexo entre viejos amantes conocidos que se saben cada recoveco, cada pliegue de la frontera entre en placer y la desazón. Inercias de supervivencia. Trabajar por dinero, sacar brillo a los eslabones que te esclavizan, seguir de pie… Y llamarle vivir. No, hoy no sería un buen día para dejar de fumar. Tal vez mañana.

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