Hace poco escuché hablar en el metro sobre el amor y las relaciones de pareja. Decía una mujer a otra que su relación era como estar en el cielo. Eso me llevó a perderme en mis propios pensamientos y reflexionar que hay personas que consiguen bajarte el cielo a ras de suelo. Te hacen sentir que puedes sumergirte en él y nadar sin problemas entre las nubes. Son como los espejos urbanos que nos rodean y tanto me gusta fotografiar. Son cielos encharcados, peligrosamente pegados a la frontera del infierno. Eternos recordatorios de una realidad que rechazamos aceptar: no estamos hechos para volar. Sin embargo es justo reconocer que, aunque no sean más que un espejismo reflejado en agua sucia nos aportan algo sin lo que probablemente vivir sería mucho menos precioso: saber que lo imposible existe. Y que a veces puedes encontrarlo cuando menos te lo esperas y rozarlo por un instante.

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